Teoría y práctica de la conciliación de clases en tiempos de pandemia

por El Mecha

La pandemia del Coronavirus y la paralización comercial y productiva que trajo consigo, no hicieron sino agravar la situación económica de un país sumido por la crisis y el saqueo. En estas condiciones, doblemente complicadas, el presidente Alberto Fernández ha procurado llevar a la práctica la clásica política de «Conciliación de clases», que ha caracterizado al peronismo desde sus orígenes. Una política que puede dar algún resultado en momentos de crecimiento o estabilidad económica, pero que se ve coronada por el fracaso en momentos de crisis. O, mejor dicho, condena a los sectores subalternos a pagar todos los costos. La gestión albertista, durante estos tres meses de cuarentena, es una muestra implacable de la imposibilidad material de conciliar los intereses antagónicos de la sociedad.

Una mirada atenta nos muestra de qué manera, detrás de cada intento gubernamental de aplicar alguna política que altere medianamente el equilibrio entre las clases, ha habido una contundente respuesta de las distintas fracciones de la burguesía, que han dejado impotente al gobierno y a los movimientos populares que lo apoyan. Veamos caso por caso.

1. El 31 de marzo el gobierno sanciona el decreto 329/2020, que pretende prohibir los despidos por el margen de 60 días. Desde Techint, una de las empresas más poderosas de Argentina, respondieron en nombre de la Gran Burguesía. Despidieron a 1500 trabajadores. El costo que suponía para el grupo de los Rocca mantener el contrato de aquellos era insignificante, para el volumen de riqueza que manejan. El mensaje era netamente político. Paolo acaudilló a su clase para responder al gobierno. Alberto, por su parte, dio la respuesta típica de los gobiernos terceristas: confrontó solo de palabra, llamó miserables a los empresarios y les pidió que aceptaran «ganar un poco menos». Desde la burguesía contragolpearon con un cacerolazo coordinado por los grandes medios y las redes macristas para «exigir que los políticos se bajen los sueldos». Sería el primero de varios. Finalmente, el gobierno cedió, aceptó los despidos, que se han multiplicado, y sacó un programa para cubrir la mitad de los salarios de las empresas privadas. Lo que nos lleva al segundo punto.

2. Luego del fracaso del decreto anti despidos, el gobierno lanzó el Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), pensado para asistir a las PyME y «aquellas empresas y trabajadores afectados directamente por la caída de la actividad económica, luego de las medidas de contingencia implementadas durante la Emergencia Sanitaria». Con este programa, el estado posterga las cargas patronales, otorga créditos y se compromete a cubrir el 50% de los salarios de los empleados del sector privado. La presión de los sectores concentrados forzaron la inclusión de las grandes empresas, e incluso filiales de multinacionales. Al mes siguiente, las noticias daban cuenta que muchos CEOS habían cobrado parte de sus ingresos a través del ATP, mientras los sectores más postergados pugnaban por acceder a los magros $10.000 por familia contemplados en el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia). Empresas como Clarín, Techint o Latam pagaban una porción de los sueldos de sus ejecutivos con la guita del estado. En síntesis: las grandes empresas que no respetaron el decreto anti despidos, fueron premiadas con el ATP.

3. En abril, el diputado Carlos Heller anunció que se había reunido con el presidente y el jefe del bloque oficialista, Máximo Kirchner, para presentarle al primer mandatario un proyecto de impuesto a las grandes fortunas. Las erogaciones estatales van en aumento, por lo cual obtener recursos extras resulta prioritario. Por ello se planteó este impuesto por única vez. Parece que se llamaría «aporte». Ya no saben que nombre ponerle para que los reyes no se sientan atacados. Ni siquiera se animan a hablar de una reforma tributaria (promesa eterna incumplida). Serían una simples migajas para las fortunas desproporcionadas de los tipos más ricos de Argentina. Pero, entre cacerolazo, «infectadura» y un par de tapas de Clarín y La Nación se pinchó el «proyecto», que ni siquiera llegó a conocerse. Mientras tanto, a lxs laburantes nos afanaron medio aguinaldo y lxs jubiladxs les pegaron un nuevo ajustazo. ¡De algún lado tiene que salir la guita!

4. En los primeros días de junio, sin mediar aviso, el presidente anunció la intervención y expropiación de Vicentin. Dos cacerolazos, una manifestación en Avellaneda y todas las editoriales terroristas que pudieron, forzaron la reversa. Asombra la poca preparación del gobierno para esta confrontación. Si de verdad creían que bastaba con mandar a leer la Constitución a una periodista, o son muy ingenuos o de una torpeza política pocas veces vista. Resultado: otra vez ganaron los ricos, que pretenden hacernos pagar a todxs el costo de la millonaria estafa perpetrada por los Nardelli. Reeditando la vieja y querida estatización de la deuda privada durante la dictadura. ¡Ojo! Estos son errores que pagan varias generaciones.

En definitiva, como decía Santucho, y como nos enseña la historia: «No hay tercera posición entre explotadores y explotados». La riqueza producida es finita. Para redistribuirla hay que afectar a quienes se la apropian por vía legal (plusvalía) e ilegal (estafa, fuga, saqueo). En tiempos de crisis, que la torta se achica, si los ricos siguen ganando lo mismo será nuestra porción la que se vea reducida. En los barrios populares ya lo están experimentando. Basta darse una vuelta por los comedores, para comprobar de qué manera ha aumentado la gente que necesita lo más básico: un plato de comida. Si no logramos torcerle el brazo a los ricos, en este contexto que anuncia una caída estrepitosa de la economía, el hambre y la miseria se multiplicarán exponencialmente.

Mientras tanto, el presidente nos presenta un programa absurdo y anti histórico. Dice que quiere «reconstruir un capitalismo donde todos ganen». Una versión potenciada del «Capitalismo serio» o «Capitalismo con rostro humano», que históricamente ha levantado el peronismo y que, después de bucear en la profundidad de los océanos neoliberales, reflotó Néstor y con más fuerza Cristina. Lo de la seriedad y el rostro humano ya era polémico. Ahora, esta redefinición de Alberto, en un mundo como el actual, donde las ocho personas más ricas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población global, parece una broma de mal gusto.

Hoy, que el fantasma del comunismo ha vuelto para aterrorizar a los dueños de todo, es necesario volver a discutir y proyectar un sistema verdaderamente humano, donde la riqueza social sea repartida de manera igualitaria, donde la producción tome en cuenta el ecosistema que habitamos. No hay manera de reformar, «abuenar», «enseriar», al capitalismo. Mucho menos inventar uno donde todos ganen. Adam Smith se cagaría de risa, para decirlo mal y pronto.

No hay forma de conciliar los intereses antagónicos de la sociedad. Es hora de definirse. Está claro que esta leche tibia en la que nadamos, solo beneficia a los poderosos de siempre. Porque además, no hay posibilidad de volcar mínimamente la balanza a nuestro favor si la miramos desde afuera. Sin el protagonismo de las grandes mayorías, sin la presencia del movimiento obrero, de desocupadxs, de mujeres, campesinxs, etc. resultará imposible disputar el destino de nuestro país.

Como cantaba el movimiento popular en el Chile de Allende, «basta ya de conciliar, es la hora de luchar». De lo contrario, ya estamos vencidxs.

sendaguevarista

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