A 51 años de la Revuelta de Stonewall: seguimos resistiendo con orgullo

En una sociedad que nos educa para la vergüenza el orgullo es una respuesta política.
Carlos Jáuregui, referente de la Comunidad Homosexual Argentina en los ’80 y ’90.

Este domingo 28 de Junio es el 51 aniversario de la Revuelta de Stonewall, la primera gran victoria y el inicio del movimiento por los derechos LGBT. En aquel 1969 en Nueva York, en el bar Stonewall Inn, un grupo de personas trans, gays, drags y lesbianas que estaban siendo reprimidxs en una redada policial decidieron sublevarse. Echaron a la policía de su refugio nocturno de la ciudad y al otro día tomaron las calles en una marcha sin precedentes. Luego, el aniversario de la Revuelta de Stonewall marcaría el inicio de marchas del Orgullo en casi todo el mundo.

Nace una rebeldía multicolor
Stonewall fue el estallido de la respuesta a una situación de persecución, violencia machista, opresión y humillación cada vez mayores hacia la población de la disidencia sexual e identitaria, que rechazaba la heteronorma con la que el patriarcado capitalista nos subsume.

El contexto social y cultural de los ’60 construyó un punto de apoyo para que la comunidad LGBT se sumara a las rebeliones que, a lo largo y ancho del mundo, repudiaban las formas violentas que el sistema estaba profundizando para abrir paso a su reestructuración productiva e ideológica. A partir de ahora, las disidencias sexuales pasarían a ser parte de la agenda política de los movimientos emancipatorios.

En ese entonces, las leyes estadounidenses prohibían a las personas utilizar “más de dos prendas del sexo opuesto”, remarcando el carácter binario y sexista de la violencia policial que sufrían miles de transgéneros y travestis en ese momento. A su vez, en sólo un Estado no estaban prohibidas las manifestaciones LGBT, por lo que encontrar un espacio colectivo donde vivir la identidad y la sexualidad libremente era poco frecuente.
Stonewall Inn se constituyó entonces en un espacio reconocido por la comunidad no sólo por tener permitido bailar y habitarlo desde las expresiones de su identidad, sino porque también nucleaba a lxs disidentes negrxs, blancxs y latinoamericanxs de Nueva York que encontraban allí el refugio negado por sus familias. A partir de pagar las extorsiones económicas que sufrían por la policía, el bar lograba mantenerse habilitado para que cada noche lo llenaran cientos de personas cansadas de ser acosadas o arrestadas en el cotidiano de sus vidas. Es por esto que cuando la policía decidió ingresar y desalojar a quienes que se encontraban allí, la mayoría sintió que las injusticias que vivían en su cotidiano no podían perpetuarse para siempre, no en el espacio que habían construído para ellxs.

Resaltan entre las primeras en contestar y repudiar el accionar policial Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson. La primera, mujer trans de ascendencia puertorriqueña y venezolana, la segunda drag queen, negra y prostituta que en los años posteriores fundaría una de las primeras organizaciones en lucha contra el VIH y el Sida. Ambas encabezaron los disturbios de esa noche y la convocatoria a las movilizaciones que iniciaron a la mañana siguiente y que siguieron durante varios días, reclamando el cese de la violencia policial, estatal y la situación de exclusión en la que se encontraba su comunidad. “No le quitamos nada a nadie, y no tenemos nada que perder”, digo Sylvia a la prensa cuando la presencia multitudinaria de maricas y marimachos que escandalizaban a la sociedad estadounidense no era algo que los medios pudieran ocultar en el incipiente rol que comenzaban a cumplir.

La rebelión espontánea expresaba el hartazgo de un sector de la población a tener que vivir sin hogar, en las cárceles y en la calle. Contrariamente a la difusión que tendría años después con documentales llenos de gays blancos de la “high life” norteamericana, la revuelta surgió del riñón del sector más bastardeado por la supremacía blanca y patriarcal de la sociedad, del movimiento feminista y de la propia comunidad, que responde a las disidencias racializadas, feminizadas y pobres. Éstas irrumpieron en el escenario público con su hartazgo, construyeron un hito histórico basado en la rabia de sus vidas y en la solidaridad hacia las del resto, y a partir de ese primer impulso fogonearon la movilización del movimiento LGBTTTIQ en todo el mundo.

De esta forma, la denuncia de la Revuelta de Stonewall hacia la discriminación sexual confluía con una denuncia hacia la extrema desigualdad económica y la creciente pauperización, a partir de las cuales se enriqueció el sector pudiente de norteamérica.

Junto a la rebelión estudiantil en Francia, el movimiento feminista y el movimiento afrodescendiente y antiguerra en los EEUU, la disidencia sexual de fines de los años ‘60 conformó las bases no sólo de una alianza táctica, sino la construcción colectiva de un período que se esforzó en señalar el camino de la Revolución Social y cultural, necesaria para derrotar al heteropatriarcado capitalista.

Liberación Sexual en la Argentina
En nuestro país, el movimiento LGBT tiene una historia muy destacada pero no así recordada: grupos políticos, sindicales, de lesbianas y estudiantiles que emergieron a fines de los ’60 fundaron el Frente de Liberación Homosexual en 1971, poniendo en práctica la importante pero difícil tarea de conjugar sexo, liberación y Revolución.

Estos grupos incentivados por la revuelta de Stonewall denunciaban en nuestro país al patrón masculino hegemónico instalado por las sociedades capitalistas, donde las disidencias se convierten en ese “otrx” que hay que reprimir y controlar para que la proyección ideológica del capital pueda reproducirse y continuar con el proceso de producción. Al mismo tiempo, visibilizaron un conjunto de opresiones y problemas no tenidos en cuenta por las izquierdas de nuestro país en ese momento.

Esta contraposición como norma reguladora de la moral burguesa requirió del primer aparato ideológico privilegiado por el capitalismo: la Iglesia Católica, por lo que fue enemiga desde el primer momento de los movimientos disidentes a nivel mundial, y allí donde se desataron dictaduras contrarrevolucionarias fue partícipe de la selección y exterminio de militantes de la revolución sexual.

Es así que esta experiencia en Argentina fue barrida por completo con el golpe del ’76, resurgiendo recién a partir de la lucha internacional del colectivo LGBTTTIQ contra la enfermedad y la estigmatización del Sida y el virus del VIH.

La reconstrucción ideológica del capitalismo neoliberal llevó rápidamente a la moralización del VIH/Sida, que fue anunciado por los medios de comunicación y construido bajo la contradicción de las esferas público-privado en contra de las disidencias sexuales. Esto recayó sobre la violencia institucionalizada a quienes recibían los testeos positivos en los diferentes niveles del sistema de salud en todo el mundo, incrementando la estigmatización en el mundo del trabajo y en la escena pública.
Fueron lxs rebeldes de la Revuelta de Stonewall una vez más quienes incluyeron el reclamo por la cura y la respuesta médica efectiva a la Marcha del Orgullo en EEUU; y siendo replicado el pedido en tantas otras, como la de Argentina en los años ‘89 y ‘90.
Las leyes establecidas en esos años, a pesar de sus muy discutibles enfoques, podemos decir que fueron la última gran victoria internacional del movimiento LGBTTTI, que luego de la acción política y económica del neoliberalismo eclesiástico diluyó su agenda hasta entrados los años 2000.

La lucha continúa
Con el advenimiento de los movimientos de masa a nivel global como respuesta a la crisis de la reproducción de la vida iniciada por el capital, los movimientos LGBT tuvieron un nuevo aire a nivel internacional. El repudio a la orientación política del Estado por parte de estos movimientos llevó a que el mismo debiera desplegar una iniciativa política gubernamental para consolidar la hegemonía luego del período de crisis y rebeliones. Esta reconfiguración del régimen político y el sistema capitalista dio paso a que mientras las condiciones materiales de amplios sectores de la población empeoraban, se lograran triunfos parlamentarios luego de años de lucha contra la moral hegemónica cristiana y el conservadurismo social que el propio sistema sigue reivindicando.

Así, las conquistas obtenidas en 2010 y 2012 con la ley de Identidad de Género y la ley de Matrimonio Igualitario significaron triunfos de una lucha de 20 años, que sin embargo no reflejaron en su gran mayoría un mejoramiento de las condiciones de vida de muchas personas trans, travestis, bisexuales y no binaries. Pues, en nuestro país aún hoy continúa la lucha por la inclusión laboral, el acceso al tratamiento hormonal y a la salud de modo integral, contra la estigmatización en espacios públicos y contra la moralización judicial que encarcela a las identidades disidentes que se oponen a guardar silencio contra la violencia heteropatriarcal.

Los aportes y producciones de Lohana Berkins y Diana Sacayán en este punto revalorizan al interior de la militancia travesti aspectos relacionados con la lucha contra la violencia policial y las condiciones de vida a las que es expulsado el colectivo disidente por su condición sexo genérica. Aún así, muchas organizaciones creyeron entonces en la voluntad de la dirigencia política del kirchnerismo en nuestro país, y de tantos otros gobiernos a nivel global, como punta de lanza para dar la lucha por la liberación sexual. Pero luego de 10 años sigue habiendo aspectos centrales que hacen a la reproducción social del hetero-patriarcado que violenta a las identidades disidentes igual de arraigados que en el momento de sanción de las leyes antes mencionadas.
La coyuntura política y sanitaria en nuestro país ha plegado una vez más a nuestros movimientos sociales al debate entre la institucionalización de sus demandas o la ruptura con ciertas lógicas parlamentaristas, que han permitido irrumpir con demandas en esos espacios, pero que no permiten por sí solas derribar la construcción material y cultural de los travesticidios, los crímenes de odio o el sostenimiento de la moralización cristiana.

La transformación de la moral dominante en el escenario público no ha tenido ni tendrá mayor vigor que el que el propio movimiento disidente pueda imprimirle, a partir de la construcción de su propia agenda en confluencia con la de los sectores avasallados por el capital.

“El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo”
Hoy, a 51 años de la Revuelta de Stonewall el movimiento de Black Lives Matter se moviliza en Estados Unidos nuevamente enfrente del emblemático bar, a partir del asesinato de una persona negra trans en el marco de las protestas iniciadas por el asesinato de George Floyd. Exigiendo justicia y denunciando la política racial y sexista del gobierno de Donald Trump y de todas las instituciones norteamericanas que llevan siglos de estas prácticas. Avanza con vigor un movimiento que en pleno contexto de pandemia mundial y crisis sanitaria por el covid-19, une la renovada rebelión negra con el proceso que el movimiento feminista inició con el NiUnaMenos a nivel internacional hace ya cinco años.

El colectivo sexogenero-disidente a nivel internacional se encuentra en un momento de potencialidad histórica, donde confluye hacia la disputa contra los sectores más conservadores de la derecha global, visibilizando la explotación capitalista como una totalidad que incluye al heteropatriarcado y a la racialización como partes centrales en el sostenimiento de las relaciones de producción y reproducción del sistema.
En nuestras manos está la tarea de construir un colectivo militante sexo-disidente, combativo, de lucha y propuesto a llevar hasta el final la Liberación Sexual que tanto necesitamos como pueblo. Hoy reafirmamos nuestro orgullo por esta tarea.

sendaguevarista

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