El Tío Ho y el trabajo de masas  

El relato que a continuación trascribimos –publicado en 1975 en las páginas del El Combatiente, periódico del PRT-ERP, y extraído del libro “Con el tío Ho”- refleja una de las tantas anécdotas y lecciones políticas que acumuló el pueblo vietnamita en sus 45 años de lucha antiimperialista. Aquel pueblo, comandado por su partido revolucionario y por su máximo líder político, Ho Chi Minh, dio muestras sobradas de heroísmo y combatividad. El triunfo sobre los ejércitos de ocupación más poderosos del mundo (el francés, el japonés y norteamericano) y la instauración del socialismo en todo el territorio, necesitó de la incorporación del conjunto del pueblo a la guerra y para ello lxs militantes revolucionarxs del Partido de Trabajadores de Vietnam, se volcaron desinteresadamente a “conquistar las mentes y corazones” de las amplias masas vietnamitas.

“¿Cómo hacía el tío Chin para dar a los cuadros el sentido del trabajo de masas? De acuerdo con el siguiente testimonio del camarada TaiNgon, podemos juzgar:

Poco después, nos recomendó a mí y a otro joven, que fuéramos a MucDahan, en la provincia de Nakhone, frente a Savannakhet (Laos), para que hiciéramos una encuesta y agrupáramos a las masas con el objetivo de unirlas a la Sociedad. Un mes más tarde estaba yo de regreso de mi misión.

Esa misma noche el tío Ho me pidió que le hiciera el informe.

No es necesario un informe, le dije. En MucDahan hay un templo dedicado a TranHungDao y unas treinta familias vietnamitas que ejercen diferentes oficios: banquero, vendedor de arroz, carnicero, carpintero, albañil… Hay alrededor de veinte jóvenes y seis o siete muchachas. Todo el mundo está en la miseria, con excepción de dos familias que tienen un desahogo relativo.

Luego de hacer una pausa continué, moviendo la cabeza en señal de desengaño:

Es duro hablar de revolución allí. Lo único que saben hacer las mujeres es tirarse del moño en el mercado, y los hombres se emborrachan cuando vuelven del trabajo. Por la tarde, en cuanto se termina de comer, comienza el juego hasta la noche. Cuando no toman ni juegan, van al templo de TranHungDao para hundirse allí en todas las hechicerías posibles e imaginables. Allí van tanto los viejos como los jóvenes: dejan el templo o el juego para correr detrás de las mujeres únicamente. ¿Cómo hablarle de revolución a esa gente? El Tío dejó que yo terminara mis lamentaciones y luego me dijo:

-Está bien. Ve a descansar. Ya veremos mañana.

-En tal situación, ¿Qué se puede hacer ahí? – le pregunté.

Sonrió y me dijo: “¡Muchas cosas! Por ejemplo, todo eso que acabas de decirme”.

Antes de marcharme le dije: “Mañana me gustaría cambiar de trabajo”

-Bueno. Ya lo discutiremos-

Me marché, con la firme decisión de cambiar de ocupación; pero, para sorpresa mía, el Tío no me dijo nada ni al día siguiente ni después. Como no podía seguir esperando le pregunté:

-Bueno, ¿Qué tengo que hacer ahora?

-¡A propósito! Me has dicho que es un lugar horrible: se juega, se toma, hay broncas en el mercado… ¿no es así? Eso no es tan horrible; podría ser peor: podría haber delatores entre ellos.

Me miró y luego continuó lentamente:

-Olvidas lo que has aprendido en los libros.

-¿Qué cosa?

– Los libros revolucionarios dicen que hay que desarrollar la acción en la masa, hacer propaganda para educarla. Pero si la masa fuera perfecta, si supiera estimarse y unirse, aprender y progresar, servir a la patria… ¿para qué serviríamos nosotros? Bastaría con decir una palabra y ya todo estaría arreglado.

Luego de un silencio, continuó:

-Olvidas que son vietnamitas, como tú, vietnamitas en la miseria y que hace mucho tiempo que no tienen patria…

Golpeado por esa lógica, quedé paralizado y moví la cabeza, dándole razón.

-¡De acuerdo!

-Vuelve allá. La vez anterior no tenías todavía un plan práctico. Ahora, trata de tener uno. Escoge la familia de peor reputación e instálate entre ella. Empieza por aquí: si te ganas el afecto de esa gente, triunfarás.

Algunos minutos antes de mi salida, me entregó un paquetito, muy bien armado.

-Aquí te doy un vademécum, pero no lo leas por el camino.

Me creía en posesión de algún documento secreto de incalculable valor. Lo metí cuidadosamente entre mis papeles. Al llegar, abrí el paquete. ¡Gran decepción! No era más que un ejemplar del himno a TranHungDao.

Siguiendo los consejos del tío Chin, me dediqué a descubrir la familia que tuviera peor reputación. Después de algunos trabajos de acercamiento, alquilé un cuarto en la casa, por una piestra mensual.

El marido, que era carnicero, se iba cada mañana al mercado a vender puerco. Por la tarde, después de ingerir sus dosis de alcohol, se iba a jugar a las cartas, donde gastaba todos sus recursos. En la familia, nadie tenía un céntimo, y la mujer no podía ver al marido sin llamarlo por todos los nombres. La casa se le hacía cada vez más insoportable, y todos los insultos de la mujer no hacían más que alejarlo más y lanzarlo a las cartas y a la bebida. No pasaba un día sin que se produjera una escena familiar.

Para colmo, el padre del marido también gustaba de empinar el codo. Tenía a su cargo el cuidado de la casa y de los niños, pero la casa dejaba ver una suciedad repugnante y los niños, devorados por las moscas, lloraban todo el día. La madre respondía a sus lágrimas con insultos, y cuando comenzaba también rociaba de injurias a su suegro. En más de una ocasión había tratado de darle algunos consejos, pero no había tenido resultados. Un día, le ofrecí dos céntimos de alcohol al viejo, que no tardó en entregarse al sueño de los  justos. Después, hice que los niños se bañaran; al sentirse mejor, también se durmieron. Aprovechando ese rato de calma, limpié la casa, la ordené y le lavé la ropa a  la familia. Al regresar, la mujer no pudo ocultar su satisfacción ante ese espectáculo completamente nuevo para ella.

-¡Pero la casa está muy limpia hoy!

– Si, el abuelo lo limpió todo, bañó a los niños y ahora está durmiendo con ellos.

– Pero, ¿qué pudo decirle usted a mi suegro para transformarlo de tal forma?

Comenzó a apreciar al viejo, y al día siguiente le ofreció dos céntimos de alcohol. Ese amable gesto cogió al suegro de sorpresa, pues no lo esperaba. Intrigado, se abrió a mí; le explique lo que había sucedido la víspera, mientras él dormía.

-Como su nuera se mostró muy satisfecha, le dije que había sido usted quien lo había hecho todo. La próxima vez, trate de darme una mano.

Efectivamente, en las ocasiones que siguieron me ayudó a hacer los trabajos de la casa. Pero fui invirtiendo los papeles poco a poco: era yo quien lo ayudaba en su trabajo. Cada vez lo hacía con mayor esmero, y eso era una buena ganancia para la casa y para los chicos. Al terminar la apatía del suegro, terminaron las groserías de la nuera. Al marido, jugador inveterado, le propuse que aprendiera el quocNgu[1], a lo que no se negó. Le daba las clases en las horas en que, por lo general, iba a jugar sus partidas de cartas.

En realidad, sus resultados no eran muy brillantes; pero como el estudio lo desviaba de su vicio, se podía considerar como una victoria.

Esos cambios en los hábitos del marido le encantaron desde el primer momento a la mujer. El afecto conyugal resucito y, con él, la calma y la dulzura del hogar.

A su vez, la mujer también quiso estudiar el quocNgu.

La gente no dejó de sorprenderse por las inconcebibles transformaciones ocurridas en una familia en la que, algún tiempo atrás, la cosa ardía de la mañana a la noche. El mérito me lo atribuyeron a mí, y trataron de frecuentarme. Me había ganado, sobre todo, a los jóvenes. Iba a menudo al templo de TranHungDao para asistir el culto propiciatorio. Un día, les dije a los que estaban ahí:

-Aquí ustedes rezan esas plegarias antiguas. En Sakhone hay un nuevo cantico, muy notable. Aquí tengo un ejemplar.

Leímos juntos mi cántico y todos lo encontraron muy bueno. Muy pronto comencé a tutear a todos los habitantes de la localidad, pues fui haciendo amistad con ellos. Luego les leía artículos del ThanAi (periódico partidario).

Dos meses después, cuando el Tío llegó a MucDahan en compañía del camarada Thuyen, me preguntó:

-¿Cómo está la situación?

-Va mejor que antes

-¿Si? Y, ¿Qué haces con mi cántico?

– Lo rezamos todos los días, le dije sonriendo.

-¿Logras difundir los periódicos ya? ¿Crees que los  jóvenes se atreverían a recibirlos en sus casas?

– ¡Por supuesto! Son ellos los que lo piden.

Le di dos direcciones. Me sonrió, al tiempo que decía:

-Estás mejor que yo, pues no he encontrado más que una.”

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[1]QuocNgu: Escritura vietnamita adaptada al alfabeto latino

sendaguevarista

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