40 acres y una mula: racismo, brutalidad policial y resistencia negra en la pandemia

A dos semanas del asesinato de George Floyd a manos de un policía blanco de la ciudad de Minneapolis, las protestas en EEUU contra la brutalidad policial y el racismo institucional no sólo han incrementado en masividad, sino también traspasaron las fronteras y llegan a movilizar a miles de personas en todo el globo. El racismo imperialista no es nuevo, sin embargo, la desigualdad y segregación que se expresa en la atención sanitaria para la población negra en el contexto de pandemia se extiende más allá de norteamericana, y llega a territorios más extensos con el pronóstico de convertirse en “catástrofe continental” ante el Covid-19 para la totalidad de los países africanos.

Con la historia a cuestas, grandes sectores poblacionales se dirigen hoy a tomar las calles en contra de una idea de “integración” a las reglas del juego tal y como están hechas.

Fuck tha police

El 1 de Enero de 1863 Lincoln, el presidente estadounidense, firma la Proclama por la Emancipación de todxs lxs esclavxs de norteamérica, ante el reclamo de ambos bandos de la guerra civil por la incorporación de negros a las tropas. Con la toma de tareas por parte de éstos, disminuyó la muerte de soldados blancos de alto mando, generando que el racismo de muchos de ellos quedará atrás ante la posibilidad de salvaguardar sus vidas. El 16 de enero de 1865, al final de la Guerra de Secesión (1860-1865), se aprobó una ley a partir de la cual el Ejército confiscó 400,000 acres (1,600 km2) de Georgia para ser entregadas a familias de esclavxs liberadxs, como “indemnización del Estado” por los años de esclavitud, el provecho de la fuerza de trabajo de lxs mismxs, su notoria participación en la guerra civil, y la acuciante situación de miles de personas que no tenían dónde ir luego de la Proclama. Sólo seis meses después, el presidente Johnson revocó la orden de distribución de 40 acres y una mula, desalojó a las familias con militares y devolvió las tierras a sus anteriores propietarios.

Esta expresión conocida por ser parte del lunfardo de la comunidad negra en EEUU y consigna del movimiento de liberación negro estadounidense, se encuentra dentro de las favoritas para las pintadas callejeras y carteles de protesta que hace 15 días inundan las calles de la primer potencia mundial.  La reivindicación intenta poner en palabras cómo la deuda que tiene el Estado norteamericano para con el pueblo negro no inicia en actos particulares de individuos hoy, sino en el racismo colonial y esclavista a partir del cual se estableció la orientación de valores de la totalidad del poder político.

Así también se han establecido los objetivos y las potestades de la fuerza policial, persiguiendo a las personas negras no como sujetxs que hayan cometido delitos, sino como miembrxs de un grupo que lleva el delito en su negrura. 

George Floyd fue ahogado durante nueve minutos por la rodilla de Derek Chauvin, luego de presuntamente haber pagado con 20 dolares falsos un paquete de cigarrillos. La presunción del delito, y el veredicto de muerte para Floyd residió en el mismo racismo colonial que en el 2013 llevó a la absolución del custodio privado George Zimmerman por la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin, a causa de un disparo. Las movilizaciones se extendieron entonces, popularizando por primera vez el #BlackLivesMatter durante todo el 2014 y denunciando al Poder Blanco ejercido por el gobierno de Barack Obama, que ordenó la represión de las protestas, llevando a la muerte de dos jóvenes afroamericanos más. Fue una forma a su vez de demostrar que el bipartidismo yanki no dio ni dará jamás las respuestas que las personas negras necesitan.

La sociedad norteamericana es conocida mundialmente por una política de ghettificación de la comunidad negra. Es decir, que éstxs viven, estudian, compran sus productos para su alimentación, en barrios donde todxs lxs que habitan son afrodescendientes, pero donde los dueños de las viviendas que alquilan y de varios de los mercados suelen ser blancxs, dueños de inmobiliarias que viven en otros barrios y sólo ingresan al mismo para llevarse el dinero de lxs vecinxs. Las denuncias sobre la reproducción de la extracción colonial en el ghetto por parte del poder económico van principalmente de la mano de la criminalización a quienes viven en ellos y su consecuente persecución policial. Es en muchos de éstos donde ocurren los crímenes de odio de la policía yanki, quien ha tenido como tarea mantener el orden racista a partir de subyugar a toda la comunidad negra, siendo esta el 26,4% de las víctimas de muertes imputadas a policías. Han sido reconocidos por su labor varios agentes policiales vinculados al Ku Klux Klan, organización que hace un siglo persiste en la persecución, tortura y asesinatos raciales. Esta organización jamás ha sido declarada ilegal por el estado norteamericano, como si lo han sido históricamente las organizaciones comunistas, las de autodefensa negra, y actualmente las organizaciones antifascistas. Este último anuncio fue hecho por Trump mediante su cuenta de twitter, al mismo momento que aprobaba dicha ley. 

Los antecedentes de las movilizaciones en repudio a estas acciones y a toda la estructura de la justicia racista al interior de EEUU tienen larga data, con una rápida escalada de enfrentamientos cuerpo a cuerpo de lxs manifestantes contra la represión estatal en la mayoría de ellas. En mayo de 1992, al igual que las imágenes que pudimos ver a fines de mayo de 2020, las comisarías que llevaban años ejerciendo abusos policiales fueron incendiadas por la rabia contenida de años de segregación e injusticia. Este acto por primera vez fue entendido por las amplias mayorías como una respuesta justificada a la agresión policial, y luego de 15 días de conflicto, por primera vez se logró la internacionalización del reclamo racial interpelando a amplios sectores de la sociedad.

París, Londres, Sidney, Seúl, Montreal, Sudáfrica, y en menor medida Brasilia fueron algunas de las ciudades que el pasado fin de semana se sumaron a la convocatoria global a movilizar contra los crímenes raciales, a la espera de una de las más grandes movilizaciones generadas en torno al asesinato de George Floyd en Washignton. Destacan las movilizaciones en Londres, donde tiraron abajo las estatuas de esclavistas coloniales y luego arrojadas al río por una multitud de manifestantes. Mientras que en Francia, durante las movilizaciones de más de 20 mil personas hubo enfrentamientos directos con la policía. En el caso de países como Australia, sumaron al reclamo contra la matriz colonial racista del orden capitalista, la brutalidad ejercida contra las poblaciones indígenas de los diferentes países, que llevan años de expropiación de tierras y aumentos en los crímenes a personas de su comunidad perpetrados por la policía y el ejército a nivel internacional. 

Brasil por su lado, presenta una de las situaciones regionales más alarmantes en cuanto a la brutalidad policial ejercida en barrios populares. Las últimas cifras del país arrojan que 1 de cada diez homicidios ocurridos son imputables a la policía, y 8 de cada 10 asesinatos que las fuerzas de seguridad comete son a personas negras. En este país donde ocurren 18 asesinatos en manos de la policía por día, más del 50% de la población es afrodescendiente y el 75,4% de lxs muertxs a manos de la policía son personas negras. Este número triplica la cifra estadounidense y coloca al país latinoamericano en la cúspide de un orden global estructurado a partir de la racialización del género humano como método para justificar la violencia, el saqueo y la exclusión estructural.

La Peste Blanca

En el caso de Sudáfrica, los reclamos contra el racismo apuntalaron sus denuncias ante la desigual distribución de recursos, tanto al interior de los países como a nivel continental, lo cual hoy hace estragos ante la pandemia internacional iniciada por el Covid 19. 

Desde que se registró el primer caso positivo en África, distintos miembros de la comunidad internacional anuncian la “catástrofe social” en el continente. Aún así, cuatro meses después se habla del “milagro” ante la baja cantidad de casos detectados y menos aún de muertxs declaradxs positivos. Es una posición bastante cínica considerando que la mayoría de los países del continente han anunciado la escasez casi absoluta de test para ser realizados en la población, lo cual se suma a deficientes sistemas de salud que son muchas veces de difícil acceso para algunos sectores poblacionales. 

También existen casos como el de Tanzania, país reconocido como uno de los más pobres del mundo, siendo sus principales exportaciones oro, café y algodón; donde el presidente se ha negado a pasar actualizaciones diarias sobre lxs afectadxs por la pandemia y ha despedido al jefe del laboratorio nacional de salud por realizar algunos testeos acorde a los sugeridos por la OMS.

Aún así, existen voces internacionales como Karl Blanchet que en una entrevista a la BBC vincula la baja cantidad de casos a que los países están acostumbradxs a las epidemias y que por ello tienen una población que actúa rápidamente, sin considerar los más de diez mil muertxs que hubo en 2016 a causa del rebrote de ébola.

El racismo sobre África a partir del tabicamiento de la información y la ausencia de suministros, mientras los países del primer mundo se robaban mutuamente cargamentos de prevención higiénica, habla del blanqueamiento en el orden del mundo.

Es por esto que los planteos que resuenan hoy en las movilizaciones llevan a cuestionar las bases mismas sobre las que fue construida la condición de existencia de la sociedad capitalista: la acumulación a partir del genocidio y el olvido humanitario, encubierto por la conciencia de dominación racista, clasista y patriarcal.

Es necesario a su vez enmarcar que el estallido social producto del asesinato a George Floyd se da en un contexto en el que el país norteamericano cuenta con casi cien mil muertxs por la pandemia covid-19 y 40 millones de desempleadxs. Pocas semanas después de que se demostrara como incontenible la situación sanitaria del país a causa de las intransigencias de Donald Trump, no cesaron las denuncias de médicxs y profesionales sobre la exclusión con la que se atendía en los hospitales a las personas contagiadas. Negrxs y latinxs aparecían en videos donde eran echadxs por el personal de seguridad de los hospitales, remarcando que la atención estaba restringida a ciudadanos norteamericanxs blancxs. En ciudades como Chicago el 70% de lxs muertxs por coronavirus pertenecen precisamente a esta población a la que los hospitales niegan su atención.

El 3 de junio se dio a conocer oficialmente la autopsia de George Floyd, la cual indicaba que éste había muerto por asfixia, pero que también estaba contagiado de covid-19 en una fase bastante avanzada del virus, aunque de forma asintomática. De esta manera, el racismo institucional que debe haber aparecido en su vida millones de veces antes de que se cruzara con ese policía, también estaba cobrándole en su cuerpo la pertenencia a un grupo abandonado a su suerte en el contexto de pandemia a causa de su pertenencia racial de clase.

Racialidad y criminalización en Argentina

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), durante la década 2005-2015 aumentó en un 80% la migración africana hacia argentina respecto de décadas anteriores, principalmente la proveniente de Senegal. Esto ha impactado de forma variada en la conciencia de la población, pero principalmente en la vida de lxs miles de migrantes que llegan al país y que con mantas en la plaza ponen en cuestión la pretendida “blanquitud” europea de sus ciudadanxs. 

Si bien el imaginario de enfrentamiento “blancxs contra negrxs” en Argentina tiene una matriz vinculada al genocidio colonial indígena y al repudio de la burguesía y pequeñoburguesía hacia sus descendientes y a los de países limítrofes, la llegada de africanxs abre nuevos cuestionamientos a la política racial del Estado Argentino.  

Ha sido una respuesta clara en ese sentido la persecución mediática a “los manteros” así como la criminalización policial que durante el gobierno del macrismo llevó a la militarización de plazas y espacios públicos en la Ciudad de La Plata para que lxs mismxs no ingresarán con sus mercaderías. 

Este año, el Covid 19 y Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio en Argentina llevó a que las personas que se encontraran realizando trabajos informales en la vía pública no pudieran acceder a más ingresos. En el caso de lxs senegaleses, se le suma que casi nungunx está en condiciones de recibir el IFE por las restricciones que este pone a personas migrantes. La primera de ellas es tener VISA, y siendo que Argentina no tiene embajada en Senegal desde 2002, el lugar más cercano al que deberían viajar para conseguir una es a Nigeria. La mayoría opta por ir a Brasil primero y luego entrar al país por vía terrestre, y cuando ingresan lo hacen de forma irregular, debido a que la propia legislación migratoria establece que para regularizarse bajo criterios como el de “radicación por trabajo” este no puede ser informal o a cuenta propia. El único programa lanzado para atender esta situación fue durante 2013, y ponía la condición de monotributo mensual obligatorio, lo cual es imposible de sostener para trabajadores que envían la mayor parte de sus ganancias a sus familias en sus países de origen. 

En definitiva, estxs trabajadores no fueron reconocidxs por las políticas sociales de apoyo económico por motivo del coronavirus para que puedan cuidar su salud en el aislamiento. Su creciente organización ha llevado a que varios medios independientes levanten su voz por el reclamo de un salario social durante la pandemia, pero mientras esto sigue sin ser oído ya varixs han tenido que volver a las calles a enfrentarse con la brutalidad policial para poder vender sus mercaderías e intentar conseguir un ingreso para subsistir. 

Se solidarizan con ellxs y sus reclamos múltiples organizaciones de trabajadores de la economía popular, así como organizaciones de identidades racializadas que reclaman la brutalidad policial hacia sus trabajadores y juventudes.

A pesar de que el coronavirus parecía ser una pandemia que definitivamente iba a coartar la acción política callejera y las expresiones de solidaridad contra el individualismo de este sistema, la consigna #BlackLivesMatter ha generado una ruptura internacional, ha interpelado desde la transversalidad la historia racista de las opresiones de clase y de género, creando la posibilidad de que personas racializadas de todos los países puedan identificar que sus luchas tienen también al enemigo común colonial que persiste hace cinco siglos.

Mientras, en las últimas protestas en Boston decapitaron una estatua de Cristóbal Colón y en Richmond, derribaron su figura y la tiraron a un lago. Es difícil no recordar las palabras de lxs Panteras Negras en la construcción del Black Power como un llamado a la unidad de todas las personas negras, a estrechar filas con lxs oprimidxs de todo el mundo para la conformación de bases de poder que no aspiren a ser la clase media blanca, sino a construir una sociedad pluralista, con una conciencia nueva donde no se alivie la opresión negra, sino que se termine con ella y sus garantes.

sendaguevarista

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