El fantasma del comunismo, otra vez

En 2008, cuando la explosión de la burbuja especulativa inmobiliaria en Estados Unidos ponía de manifiesto que el capitalismo atravesaba una nueva de sus crisis cíclicas, estallaron las ventas de «El Capital» de Marx. No habían pasado veinte años del supuesto «fin de la historia», de la publicitada sepultura de las «utopías» y del «triunfo final del capitalismo». La difusión de las teorías posmodernas, el «fin del trabajo», la «globalización en la diversidad», se estrolaron contra una crisis, supuestamente «impredecible», de una magnitud comparable con la de 1930. Muchos de sus detractores corrieron a leer a Marx para poder entender qué sucedía. Nadie antes que él había comprendido con mayor profundidad el sistema social en que vivimos y logrado captar las leyes tendenciales de su funcionamiento. Justamente, las crisis cíclicas, es una de las características descriptas por Marx.

Por esto no resulta raro que hoy, sumergidos en una crisis que el COVID-19 ha agravado, reaparezca con fuerza el «Fantasma del Comunismo». La burguesía comprende que las crisis ponen en cuestión la dominación. Que la paralización de la economía, la ruptura del orden cotidiano puede abrir cuestionamientos y echar luz sobre el origen de la riqueza y el comportamiento de las clases sociales. Entienden que los efectos de la crisis aumentarán inevitablemente la conflictividad social. Las luchas por la subsistencia, por el salario, por las condiciones de trabajo se van a multiplicar. En función de ello habrá respuestas políticas, sociales, asistenciales y también represivas. La crisis agudizará los enfrentamientos en un mundo montado sobre una desigualdad extrema. Donde el 1% más rico de la población posee más del doble que el 99% restante. Donde solo 8 personas, todos varones, poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad. Además, las «Perspectivas de la Economía Mundial» del FMI para el 2020 auguran «una brusca contracción de -3% en 2020, mucho peor que la registrada durante la crisis financiera de 2008-09»[1]. Para el área de América Latina y el Caribe las proyecciones son peores: -5,2%.

El debate público alrededor de quienes pagarán los costos de esta crisis tiende a agudizar la lucha social, política e ideológica. Que las derechas globales hayan elegido confrontar con el «Comunismo» no es fruto de mentes delirantes o de algunos loquitos sueltos. Las convocatorias bajo la consigna «No queremos comunismo» no salieron de un repollo. Ni son únicamente una respuesta al potencial y cada vez más aplazado impuesto a las grandes fortunas. Son fruto de los enormes equipos de propaganda que tienen estos sectores, intercomunicados entre sí a través de organismos internacionales, o de fundaciones y redes como la «Atlas Network», con 507 socios en 98 países alrededor del globo (11 en Argentina). Estos Think Tanks destinan cuantiosos fondos para difundir sus ideas, formar intelectuales, empresarios, políticos, o figuras públicas como Milei o Laje. Todas las campañas «anticomunistas» «anticorrupción», «anti populistas», «republicanas», en contra de Cuba y Venezuela tienen origen en estas fundaciones y grupos financiados por los poderosos del mundo.

Estos intelectuales orgánicos del sistema imperialista han comprendido que una crisis de la profundidad de la de 1930 abre la lucha (política e ideológica) sobre la distribución de la riqueza. Saben que durante estas semanas han quedado expuestos los aspectos más aberrantes de este sistema, que privilegia las ganancias sobre la vida. Se ha evidenciado la importancia de lo público y la necesidad del control social de las ramas más importantes de la producción y el consumo. Ha quedado claro que los bienes esenciales para la supervivencia, tales como la alimentación, el agua, la educación, la medicina, la cultura, la energía y la comunicación, no pueden permanecer en manos privadas y sujetas al lucro. Por ello, y a conciencia que el marxismo tiene respuestas y propuestas a estas problemáticas, es que se han multiplicado los ataques al «comunismo». Temen, sobre  todo, a la alternativa concreta que deriva de allí: la socialización de los medios de producción. La expropiación de los expropiadores, la posibilidad de que la humanidad pueda disfrutar de conjunto el producto del trabajo social, de los conocimientos y la cultura, que nuestra especie ha construido de generación en generación. La alternativa concreta de refundar la relación entre el ser humano y la naturaleza, hoy convertida en mera mercancía para su venta o pura destrucción.

La crisis del COVID-19 es la crisis del Capitalismo, es una crisis civilizatoria profunda. Pero el sistema está dispuesto a resistir, a salir de ella redoblando la explotación, la desigualdad, la destrucción de nuestro planeta, como lo atestiguan las imágenes brutales de dirigentes como Trump o Bolsonaro. Por ello, para perpetuarse, intentan dinamitar en las conciencias la posibilidad de la única alternativa a la humanidad, que como ya presagiaba Rosa Luxemburgo es «Socialismo o Barbarie».

El fantasma del macartismo y de la revolución

Durante estos días, en estas campañas, hemos podido ver las reacciones típicas de las clases dominantes frente a las ideas revolucionarias, comunistas o subversivas. Si lo pensamos históricamente, podremos encontrar tres actitudes comunes que se repiten cíclicamente. A saber:

  1. La divulgación de propaganda calumniosa. Mentiras, datos falsos, engaños, extrapolaciones, apelaciones patrióticas o religiosas, que apuntan a los miedos o la ignorancia. Lo denominaremos, la fase: «Los comunistas se comen a los niños».
  2. La ridiculización, la burla, el menosprecio a sus militantes, intelectuales, a sus organizaciones. La caricaturización de sus propuestas. La insistencia en lo «utópico e irrealizable», frente a lo «realista» o «pragmático» que resulta aceptar el orden actual. Lo denominaremos, la fase: «Lo de ustedes es irrealizable para un país como el nuestro/en esta época».
  3. El horror, el miedo, la alarma. Y como consecuencia la persecución, la sanción de leyes, la prisión, el exilio, la tortura, el asesinato y la desaparición de quienes luchan por estas ideas. Lo denominaremos, la fase: «Dictadura contrarrevolucionaria. Nuestrxs compañerxs luchaban por el Socialismo».

La clase dominante se repite. Conducidos por la voracidad de riquezas y el miedo milenario a la revolución, vuelven sobre sus propios pasos. La fase uno y dos están garantizadas toda vez que alguna voz se atreva a cuestionar los privilegios y la explotación. La fase tres depende mucho de nosotrxs. Cuánto desafiemos el orden mundial de la muerte. Ellxs actuarán así, la propiedad privada está montada sobre nuestra sangre. Por eso, como decía el mil veces denostado Lenin, «Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía».

Nosotrxs, las clases proletarias del S.XXI, tercerizadas, super explotadas, emigradas, fumigadas, contaminadas, hacinadas, pauperizadas, desempleadas, consumidas por el consumo suntuario, no tenemos nada que perder, salvo nuestras cadenas. Como dicen las últimas oraciones de nuestro histórico «Manifiesto Comunista»:

«Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Lxs proletarixs, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.

¡Proletarixs de todos los Países, uníos!

 

Notas

[1] «Perspectivas de la Economía Mundial, abril de 2020 — Capítulo 1», IMF, accedido 11 de mayo de 2020, https://www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2020/04/14/weo-april-2020.

sendaguevarista

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