No es el Coronavirus, es el sistema carcelario que destruye la vida

por Lucas S.

“Cuando el pueblo no se mueve, la filosofía no piensa”, decía León Rozitchner para pensar las relaciones entre los cuerpos que se rebelan y protestan y una reflexión que pueda articular o develar conceptos de esas luchas. Esto lo podemos llevar a la situación que se presentó en estos días con el levantamiento de los presos de Devoto. Es noticia y hablamos de esto porque ellxs se levantaron y gritaron “Basta” a tantos atropellos, a los hostigamientos, a la falta de condiciones indispensables para vivir. Cuando sus cuerpos se ubicaron encima de la terraza de la cárcel, dispersaron la niebla y la oscuridad que los tenía tapados y aparecieron nuevamente como sujetos políticos. El ojo de la cámara (que se había olvidado de ellxs, que no se acordaba pero lxs detesta) lxs vio y los volvió a pensar y a sentir con cientos de prejuicios e imágenes de espectáculo encima.

Esas personas privadas de su libertad y de los derechos humanos se pusieron en movimiento frente a la vulnerabilidad y el exterminio de sus vidas. Su exigencia, la frase que condensa el motín, es “nos negamos a morir en la cárcel”, que se veía escrita en pequeñas banderas junto a otras de “Libertad”. Lo que se defiende aquí, como en otros sectores sociales a partir de la pandemia del COVID-19, es lo más preciado, la vida. En el caso de las personas privadas de su libertad es mucho más significativo porque su vida no se ve vulnerada solamente por el caso positivo de Coronavirus de un penitenciario, es la gota que rebalsó el vaso y que hace explotar un cúmulo de violencia cargada desde siempre. No es el Coronavirus, es el sistema carcelario que destruye la vida.

Pensar desde esta excepción pandémica nos puede servir para problematizar el orden normal de las cosas. Como toda esta situación no se entiende simplemente por el hecho de que un virus haya mutado casi mágicamente, sino por la contaminación y la explotación de la naturaleza que está llevando adelante el capitalismo globalizado; tampoco se puede entender el motín en Devoto sin su trasfondo histórico-político. Atribuir a esta protesta sólo el posible contagio de este virus es un error, hay un trasfondo mucho más amplio para analizar. Pero este pensamiento desde la excepción no puede quedar solo ahí, como fruto del terreno excepcional, no podemos dejar de pensar y olvidar, cuando todo esto se pase, a lxs presxs que hoy se aglutinaron. Hay una norma que, haya pandemia o no, se va seguir repitiendo.

Esta norma es el sistema carcelario. En principio este sistema es burgués, defiende uno de sus pilares, la propiedad privada. Funciona así, la desposesión le quita los territorios, sus fuentes de producción y sus objetos producidos a lxs trabajadorxs y luego lxs hace laburar para el capitalista. Quienes fueron desprovistos de todo solo pueden vender su fuerza de trabajo para conseguir (comprar) algo y subsistir, si algunx es más pícarx y quiere desobedecer, burlarse del mandato laboral y robarle a quienes le robaron en un principio, son atacados con el peso de la ley, una ley claramente funcional a los intereses hegémonicos y en defensa de la propiedad privada.
Marx en un texto poco conocido, Elogio del crimen, habla de la producción del delincuente. El delincuente produce delitos que, a su vez, producen a todo el aparato legislativo, judicial y represor. Todo este dispositivo de control y regulación necesita del delincuente para justificar sus operaciones, necesita que se sigan replicando los delitos para poner más policías, más cárceles, comprar más armas, sacar más leyes punitivas, y así agrandar todo un campo de producción. De acá que desde mitad del siglo XX esté refutada la premisa de que con más policía habrá menos delincuencia.
Lo otro que produce el delincuente, muy bien lo marca Marx, es una impresión. Esa impresión la reconoce en la literatura, en las tragedias y en la rutina de la vida burguesa que este hecho viene a perturbar. El efecto no queda sólo ahí, por un lado se moraliza, eso está mal, es la desvirtuación que más se teme, el terminar siendo chorro. Y por otro lado se vuelve espectáculo, se crean monstruos de los delincuentes en el consumo banal. Así series como El Marginal crean una imagen del chorro, que también se lee a nivel social como el negro, el villero, “el cabeza”, que es bestial, que solo muestra su violencia. Se deshumaniza a esas personas a las que no se entiende, se las aparta (margina, como dice el título) hacia un lugar donde no es pensable su actitud, solo se pueden tener sensaciones de repugnancia, miedo y odio hacia esos monstruos (esto lo desarrolla Cesar González).

Y a estas sensaciones que origina toda la cobertura sobre la marginalidad, sobre el presidio, son las que se vuelcan al sentido común. Los discursos que aparecen cuando se ve la reacción de lxs presxs corresponde a esta lógica. Éstos se traslucen hoy en día sobre las redes sociales, adoptan la forma de meme y muestran una deshumanización y odio hacia las personas privadas de su libertad que no son leídas como personas, entonces no importan lo que les pase. Acá también hay un aburguesamiento de la población que empatiza antes con el burgués, en defensa de la propiedad privada, que con su compañerx de clase, con quien estaría más cerca en el orden social. Protegiendo su pequeña propiedad, atemorizada y a falta de un pensamiento más profundo, la gente se identifica con el opresor antes que con lx oprimidx. La conciencia de clase se pierde entre la fetichismo de las mercancías y la propiedad pasa a valer más que la vida.

Esta desatención y deshumanización que se le aplica a estas vidas pierde la posibilidad de encontrar y entender su sufrimiento y realidad. No se puede entender al que no se lo ve como unx, al que no es humanx. Esta deshumanización del otrx expone una deshumanización de unx mismx porque cuando dejamos de entendernos y encontrarnos en la otra persona, perdemos en humanidad. Más aún cuando el sistema carcelario es la máxima expresión de la negación de la vida. No solo priva a las personas de su libertad sino que funciona como un dispositivo de vigilancia y castigo (Foucault). La “reinserción social” no es más que una mentira, un ideal irrealizable, su objetivo verdadero es el punitivo, el enseñar con el ejemplo de lo que puede suceder si se recurre a la violación de la propiedad privada. Y además, para lxs presxs significa un infierno, el castigo de toda la coerción del estado concentrada en un solo sitio. ¿Qué posible reinserción puede haber luego de tanta penuria? Un virtuoso sería quien lo logre. Por si esto fuera poco, después de la condena, una vez afuera, cargan con el peso de la causa penal. No se desligan tan fácilmente de su pena, como si fuera una marca en el cuerpo de lo que hicieron, la causa los persigue adonde vayan imposibilitándoles un trabajo en blanco. Con esto se cae de maduro esa falacia de reinserción social, cuando las posibilidades de trabajo se reducen, cuando se lleva un estigma por haber violado la propiedad privada, cuando no queda otra que volver a robar porque no hay laburo y no hay alternativa. Así las reincidencias, de vuelta a la cárcel, de vuelta al sufrimiento.

Que quede claro que este padecimiento no es una excepción. La excepción es la regla, dice Giorgio Agamben, y desarrolla una idea del campo de concentración moderno. Ya no está ubicado de forma excepcional en gobiernos o dictaduras que privan derechos, sino que se volvió una cuestión normativa. El campo se puede encontrar en cualquier parte del territorio y puede tomar la forma perfectamente una cárcel donde parece no haber derechos o, mejor dicho, donde los derechos y los hechos más bien se confunden y la ley la impone quien manda, el penitenciario de turno. Es un vale todo, cualquier cosa puede pasar, los ojos de la ley se cierran o, más bien, permiten y funcionan con estos puntos grises, excepcionales pero no tanto, en que recae toda la violencia y el exterminio de la vida. La vida de lxs presxs no es vida porque es vulnerada por este sistema de castigos. Vuelvo a decir, no es el coronavirus, es el sistema que niega la vida. Lo que hay que defender en estas épocas, de pandemia (y de capitalismo), es la vida. Aunque parezca obvio y ridículo, es necesario volver a decir que las vidas valen más que la propiedad privada.

Cabe preguntarnos, ¿es posible que esas personas que deshumanizan a lxs presxs puedan problematizarse su odio? (Capaz un acercamiento, por lo menos audiovisual, menos espectacular y más real pueda sensibilizar de otra forma. Cesar González está dando esta pelea por lo bajo) ¿Cuando todo vuelva a la “normalidad”, como dicen algunxs, podremos seguir tolerando y desatender a estos campos de concentración vueltos cárceles actuales? ¿Solo quedará como pensamiento en este escrito excepcional?

sendaguevarista

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