No hay peor remedio que esta enfermedad

por Marcos Fernández

La situación actual que atraviesa el país es crítica económica y socialmente. Si bien se ha visto una rápida respuesta del gobierno respecto a la aplicación del aislamiento social comunitario, luego de tres semanas comienza a vislumbrarse una realidad nublada por la pandemia: falta de recursos esenciales en hospitales públicos, deficiencia habitacional en importantes sectores de la sociedad, alta precariedad de sustento en un sector importante de la sociedad (tanto trabajo precarizado como en negro alcanza al 40% de la franja laboral), así como la fragilidad de muchas ramas de la producción. Lo que quedó a la vista fue cuan esencial es la necesidad de una administración central que tenga la capacidad de guiar la situación en pos de un bien común, para poder garantizar así la seguridad sanitaria de los integrantes de la sociedad. Frente a esta situación los apologistas del capitalismo, que se mantuvieron callados en un primer momento, a medida que el mismo sistema demostraba los resultados de una crisis -que es previa  a la pandemia pero que se agudizó con la misma- comenzaron a pedir subsidios para empresas (obviamente, provenientes de la recaudación pública) y una flexibilización de la cuarentena, incluso antes de que esta llegue a su pico y demuestre su peor cara. El argumento que esgrimen se basa en la necesidad del sacrificio de la cantidad de gente que haga falta, con el fin de garantizar un futuro que, de no hacerlo, en el mediano plazo sería peor (dicho en sus palabras “el remedio puede ser peor que la enfermedad”). Cabe preguntarse aquí, ¿si el remedio son los intentos de garantizar la vida frente a una pandemia, cuál es el estado de producción social que se opone a ello?

No hay momento más adecuado para aplicar un protocolo de aislamiento social que la presente situación, primordialmente para lograr el cuidado de lo más preciado que presentan los seres que componen una sociedad, la vida. El problema principal radica en la falta de planificación para la administración de recursos que este sistema produce. Hace unos días el gobierno le dió $360.000.000.000 a los bancos para que otorguen créditos a las PyMes a una tasa del 24%. A cambio, los bancos dieron la misma suma pero representadas en letras (leliq y lebac). Una vez que se les otorgó ese dinero, los bancos se pusieron rigurosos para dar dichos créditos, por miedo a no cobrarlos frente a la agudización de la debacle económica. Lo que provocó que le reclamen al gobierno un fondo de garantía de los créditos que respalde los préstamos. El gobierno creó el fondo de garantía(FoGar) con $30.000.000.000, pero los bancos pedían un 100% de garantía para dar el 100% de los créditos. Debe tenerse en cuenta que esos bancos no solo tenían esas letras como encajes bancarios, sino que además han logrado importantes ganancias con lo que les han rendido esas mismas letras (llegaron a rendir hasta alrededor del 80% anual en el gobierno anterior). Huelga decir que los recursos que presenta un estado no son infinitos, son los que existen, o la capacidad que tiene la sociedad para producir. El inconveniente es la falta de planificación para administrar dichos recursos donde sean necesarios, o dicho de otro modo, la única capacidad que presenta el actual sistema de producción de recursos es el de administrarlos es a través de la obtención de ganancias. La única alternativa que ofrece el sistema para que esos recursos lleguen a donde se los necesita sin generar intereses mezquinos es recurriendo a la caridad, como puede verse a los hospitales realizando campañas de donación para obtener recursos básicos (cuya voluntad queda en el capricho de quien los posea).

La situación que están viviendo los países europeos en estos momentos es crítica, pero refleja qué intereses defiende este modelo económico. Si bien mucho de ellos tienen sistemas de salud públicos bastante más robustos que en la mayor parte del mundo, su capacidad hospitalaria ha colapsado. Resultaría idílico pensar que exista algún sistema de salud en un país capitalista que esté preparado para enfrentar una pandemia extraordinaria e inesperada. Sin lugar a dudas hay un agravante en la paulatina desfinanciación que han sufrido estos sistemas de salud en los últimos años, con el fin de garantizar ganancias a importantes capitales en la actual coyuntura económica que atraviesa el continente (debe considerarse que cada crisis da como resultado una gran concentración de riqueza, es decir que se desmantelan servicios para aumentar las ganancias de cada vez menos personas). Particularmente un gobierno que no se jacta de bregar por los intereses de los más desposeídos, como el de Boris Jhonson, ha salido a declarar, a través de su ministro de empresas, que “así como ellos rescataron a los bancos en la crisis del 2008, era momento de que esta vez se pongan ellos a disposición” (palabras más, palabras menos) frente a la acuciante situación económica, sanitaria y social que están atravesando, y cuyo objetivo del reclamo no es más que el que no sean tan rigurosos para otorgar créditos a empresas[1]. Otro ejemplo es el de Irlanda, dónde el Ejecutivo puso los sanatorios y clínicas privadas a disposición de la salud pública para enfrentar la pandemia. Aquí apenas pudieron amagar a proponerlo (siendo que el 70% de las camas están en entes de salud privado), poniendo en discusión si una vida no vale, cuando los recursos están, pero no genera ganancias.

Si algo puso de relieve esta pandemia es que la salvación no es individual, sino social. Desgraciadamente son las enfermedades que el dinero no puede curar las que exaltan estas discusiones y ponen en foco los recursos para tratarlas, pero hay cientos de muertes ocasionadas por enfermedades ligadas a la falta de recursos que podrían evitase si se lograran administrar correctamente. Debemos llevar esta discusión a todos los rincones, pero no con el fin de sobrellevar esta pandemia, sino demostrando que los intereses egoístas que mueven al mundo son incompatibles con el bienestar de una sociedad. La salida de la crisis, agravada por esta pandemia y a través de este sórdido sistema, solo ofrece concentración de riqueza y aumento de la desigualdad y pobreza. Sólo una salida alternativa, que contemple a todos los miembros de la sociedad, destinando los recursos donde sean necesarios sin pretensión de egoísmos ni privilegios, podrá encauzar a la humanidad a un desarrollo más sostenible y a estar mejor preparados para un futuro que no está exento de otras pandemias.

 

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[1]Infobae, Los bancos británicos, instados a mostrar civismo en esta crisis

sendaguevarista

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