Y ahora Colombia

A esta altura no es noticia que el 21 de noviembre el pueblo colombiano rubricó con su participación activa y su combatividad histórica esta oleada de indignación que ha puesto en las calles de Ecuador, Chile, Bolivia, casi en un mismo instante, a las y los olvidados, ignorados y silenciados del sistema, a escribir, con sangre, sudor y lágrimas, un capítulo más de nuestra historia centenaria de luchas. En Colombia se convocó como un paro nacional, se manifestó a través de multitudinarias marchas que, de forma históricamente excepcional se replicaron en las principales ciudades y aún en las profundidades de los pueblos del interior, se continuó con la combatividad estudiantil y reclutó también a los sectores que golpearon sus cacerolas al anochecer (y que aún no sabemos si ya se fueron a dormir).

Pareciera difícil decir algo más sobre ese 21N, en el medio del aluvión informativo que nos inunda, generando lecturas tan disimiles e interesadas como claramente tergiversadas. A veces pareciera inútil tratar de escribir algo cuando desde cualquier celular se puede acceder a las imágenes de los policías golpeando hasta la inconsciencia a personas evidentemente inofensivas y, al mismo tiempo, acceder a twitters que responsabilizan a supuestos ‘’vándalos’’ de los desmanes que suponen justificar la impúdica crueldad del accionar policial.

Sin embargo, podemos intentar algunas reflexiones. La primera, y más obvia, es que de alguna manera (seguramente por las potencialidades de las plataformas de comunicación y su nivel de difusión actual) parece operar un efecto contagio en nuestra América, que hace que en distintos rincones de la región se reconozca no solamente la necesidad de seguir resistiendo y luchando contra la injusticia de un sistema de explotación y opresión que no parece tener límites, sino además, la posibilidad de hacerlo. A contrapelo de todos los apologistas del fracaso de las luchas y del fin de la historia. ¿A alguien le cabe duda que las y los jóvenes colombianos están al tanto de lo que sucede en Chile o en Bolivia? ¿Alguien puede afirmar seriamente que eso no tiene nada que ver?

La segunda es que nos debemos un análisis sobre la nauseabunda similitud que muestra la represión estatal  en todos los casos de movilización popular. Se podrían entremezclar las imágenes de las aberrantes violaciones de los derechos humanos en El Alto, Santiago, Quito y, por supuesto Bogotá o Cali (por solo mencionar ejemplos) sin poder distinguir a los agresores más que por el tono del verde de sus uniformes ‘’nacionales’’. Parecen seguir una receta al perfilar métodos de represión (disparar a los ojos, ensañarse con las mujeres). También lo hacen los encargados del poder ejecutivo (toque de queda, decretos de excepción). ¿Tendrá algo que ver en todo esto la IV Flota de la armada norteamericana, reactivada en 2008 como responsable de operaciones en Latinoamérica y el Caribe? ¿Alguien aún puede pensar que el imperialismo norteamericano está limitado en su accionar porque las reglas del derecho internacional moderno le impide desplegar un ejército de ocupación en nuestra región?

La tercera parte de otra pregunta: ¿y por qué ahora Colombia? La tentación de una respuesta que se recueste sobre la muletilla del ajuste neoliberal sería una salida fácil. Por supuesto, el gobierno de Duque (instalado hace 15 meses) cocina reformas laborales y del sistema jubilatorio que, fieles a las recetas del FMI, apuntan sus cañones contra las y los trabajadores. Entre ellas están: contratación por horas, reducción del salario mínimo para menores de 25 años, rebaja de impuestos a grandes empresas y multinacionales, incremento de tarifas de servicios, entre otras. Pero esto no es nuevo. A riesgo de ser refutados podríamos decir que los anteriores 16 años (8 del gobierno de Santos y 8 de Uribe) tejieron el entramado de profundización del capital (gran capital trasnacional y negociados narco-paramilitares locales) sobre los bienes comunes y la fuerza de trabajo colombianas. La elite dirigente del país lo ha llevado a un lugar destacadísimo en el índice de mayor desigualdad a nivel mundial desde hace varios años, evidenciando la precariedad de la economía colombiana, que por supuesto sufre la clase trabajadora. La receta guerrerista sostenida a través del llamado Plan Colombia, propició niveles nunca antes alcanzados de concentración de la tierra en detrimento de un campesinado llevado actualmente hasta los límites de su empobrecimiento. Así, razones económicas para la explosión del 21N las hay, y de sobra. Son causa necesaria, pero no suficiente.

Por eso, para cerrar, una hipótesis: el estallido que damos en llamar 21N, que aún no tocó su techo ni mucho menos su fin, entrelaza factores políticos que encuentran como algunos de sus antecedentes una profunda debacle del consenso narco-paramilitar de la mano dura (encabezado por Álvaro Uribe). Ese modelo, basó su política en la creación de un enemigo interno que mezclaba el ‘’terrorismo’’ guerrillero con el ‘’castro-chavismo’’, obteniendo una suerte de neofascismo tercermundista, del cual se valieron desde el pentágono y la casa blanca hasta las grandes haciendas de los líderes paramilitares y las mansiones de los pastores evangélicos, pasando por las oficinas de los empresarios de medios de comunicación, para construir una cortina de humo tan efectiva como burda. Por supuesto, no decimos que ese modelo se cayó, pero si, vemos que está dejando se ser objeto de consumo masivo del pueblo. ¿Por qué?

Sin títuloPorque Iván Duque representa la versión menos confiable de un modelo desgastado. La llamada ‘’clase política’’ colombiana dejó de estar alineada a ese modelo, mostrando grietas en la puja por intereses de visiones ahora no tan coincidentes. Esas grietas llevan a la luz pública lo que antes se ocultaba tras las bambalinas del palacio de gobierno. A oídos del pueblo llegan cachetazos informativos: el ‘’líder’’ natural (Uribe) sentado en el banquillo de la justicia por fraudes judiciales, manipulación de testigos y el juicio pendiente de su participación en los crímenes paramilitares. Se filtran llamadas del embajador en EEUU en las que reconoce que miente y tergiversa, con fines políticos, información sobre Venezuela. El mismo Duque presentó en la asamblea de la ONU un informe sobre la presencia de la guerrilladel ELN en Venezuela, con fotografías que después resultaron ser de otro tiempo y lugar. Las listas de los funcionarios públicos implicados en casos de corrupción son interminables. El Ministro de Defensa es descubierto en su ocultamiento de informes que develaban el asesinato de niños y niñas tras bombardeos del ejército; no le quedó más que renunciar. Todos los días mueren en distintas regiones del país, por las balas de los grupos paramilitares que actúan en connivencia (judicialmente probada) con las fuerzas militares, hombres y mujeres colombianas que defienden la paz, la justicia, el derecho a la tierra y a una vida digna.

Los noticieros radiales y televisivos, los periódicos y las revistas de la burguesía colombiana siguen exultantes llamando ‘’casos aislados’’ a esos crímenes. Ahora se ufanan en tildar de vándalos o saqueadores a los que salen a manifestarse. Pero, como dicen en Colombia: no hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista. Y la gente se cansó. En las pasadas elecciones de octubre se expresó ese agotamiento con votaciones que golpearon duramente al partido gobernante. En Colombia se expresa una profunda crisis de legitimidad política que afecta, primero, a sus actuales gobernantes, pero que peligra con afectar a la base de legitimidad del sistema de dominación burgués. Es muy probable que este golpe al gobierno de Duque tenga más replicas, y es posible que su efecto sea incontrolable dadas las tensiones dentro del bloque de poder (y las limitaciones políticas del propio Duque, quien no olvidemos, tiene como único mérito ser el títere más fiel y dócil de su jefe: Uribe).

Por eso ahora, como otra etapa más de los largos procesos que cimientan las luchas del pueblo, las y los colombianos se encuentran en las calles, enfrentando como en otros rincones de nuestra región a las balas de “sus’’ gobernantes nacionales. La tarea de la hora es ayudar, desde donde podamos, a mantener viva la llama de la justa rebeldía, a que no pase desapercibida para nadie esa ola de indignación y coraje de la que todas y todos somos hoy protagonistas, a retomar la historia de lucha de nuestros ancestros y entretejerla con ese mundo mejor que soñamos para quienes están por venir. Porque, como dijera alguna vez el Che: ‘’Ningún pueblo de América Latina es débil, porque forma parte de una familia de doscientos millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan todos un mismo mejor destino y cuentan con la solidaridad de todos los hombres y mujeres honrados del mundo’’.

 

P.D: La Historia está colmada de muestras de la terrible hostilidad con la cual la ‘’civilización moderna’’ (imperialista) responde a los pueblos que se levantan. Por eso, cómo última reflexión: mantengamos las alarmas encendidas sobre lo que pueda llegar a suceder con el hermano pueblo venezolano ya que, avanzar sobre sus conquistas es una tarea urgente para la oficialidad de la IV Flota…que sigue aquí, respondiendo con contragolpes a cada una de nuestras pequeñas victorias.

sendaguevarista

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