Entre el voto y la calle ¿Cómo derrotar al neoliberalismo?

por V. Segovia

Uno de los ejes centrales que logró articular una amplia alianza Anti Macri es la oposición a sus políticas neoliberales. No sería exagerado sostener que muches de les adherentes, votantes y militantes del Frente de Todos se juntaron en torno a la idea de que derrotar a Macri es derrotar al neoliberalismo.

Por eso, a esta altura de las circunstancias y con un contundente resultado en las PASO, cabría hacerse la pregunta si una derrota de Cambiemos en las urnas, significaría efectivamente una derrota del neoliberalismo. Antes de intentar responder a ese interrogante, sería necesario indagar qué sucedió en momentos anteriores de nuestra historia, ya que el neoliberalismo no es algo nuevo en estas tierras. En este sentido, no es casual que Alberto Fernández haya hecho campaña con la idea que él sabe cómo salir de la crisis, porque ya lo habría hecho antes, en 2003.

Entonces, sería necesario retrotraerse a comienzos del siglo XXI para pensar si realmente las políticas neoliberales fueron derrotadas en ese momento y mediante el proceso electoral, o no. Vale la pena recordar además que en las elecciones de 2003 fue Menem quien obtuvo más votos en primera vuelta, con un 24,45%, mientras que Néstor sacó el 22%. La renuncia del primero a participar en la segunda vuelta, ya que se auguraba una segura derrota, fue lo que colocó finalmente al santacruceño en la Casa Rosada.

Lo que también hay que decir, es que cuatro años antes un frente anti neoliberal – anti menemista había ganado las elecciones, de la mano de la Alianza, con De la Rúa a la cabeza, que obtuvo un 48,3 %. Un amplio triunfo electoral que se hizo agua rápidamente, cuando la notable continuidad de las políticas neoliberales, de ajuste y austeridad, hicieron estallar la bronca popular el “19 y 20”. Y es justamente aquí donde queremos detenernos, en el 2001. Una especie de tema tabú para el progresismo reformista, que siempre pone el acento en la dramática crisis social (que existía), pero intenta borrar las jornadas de rebeldía popular, que terminaron dando por tierra el gobierno de De la Rúa, su estado de sitio, su programa de ajuste y sus políticas. Después de diciembre de 2001 se abrió un período de inestabilidad política tan aguda, que pasaron 5 presidentes en 11 días. Es cierto que la consigna “que se vayan todos” tenía serias limitaciones, pero expresaba genuinamente el hartazgo popular frente a las estafas electorales y los acuerdos por arriba. Expresaba de manera tajante la crisis de legitimidad de la democracia representativa, donde todos “eran” iguales. El 2001 produjo un resquebrajamiento de la hegemonía de las clases dominantes, que fue lo que abrió la brecha hacia la conquista de derechos materiales y simbólicos.

Fue en ese momento, entre 2001 y 2003, cuando la rebeldía popular dio lugar a variadas formas de lucha, intensos procesos asamblearios, y una amplia ocupación de los espacios públicos. Durante aquellas jornadas se recuperó el orgullo por la militancia, por la lucha callejera y se tendió un puente hacia las luchas de los ‘70, que volvieron a sobrevolar el debate político de los/as de abajo.

Frente a este momento de ruptura -que en realidad sintetizaba la explosión de un proceso de acumulación popular que se había iniciado con los piquetes de Cutral-Có, plaza Huincul y General Mosconi, con el Santiagueñazo, la marcha Federal, etc.- aquel presidente, que llegaba a la casa rosada con apenas un 22% y con un pueblo en las calles, tuvo que poner más oreja en les de abajo que en los de arriba, para poder conseguir cierta gobernabilidad. Ante la fragilidad institucional que existía, el FPV entendió que era necesario remendar el sistema representativo intentando cumplir alguno de los ejes programáticos que habían derrotado electoralmente a Menem y volteado en las calles a De la Rúa. Dos momentos distintos donde el pueblo había manifestado su hartazgo con las políticas neoliberales: la primera con los votos, la segunda en las calles.

Quizá sea más complejo pensarlo así. Pero los cuentitos de hadas que inventan a grandes líderes que “hacen” y “otorgan”, quedan muy bien para Hollywood, Netflix o los panfletos partidarios, pero son completamente estériles para el desarrollo de la conciencia y el aprendizaje popular. Si alguna vez Néstor “tuvo un sueño”, se despertó para cumplirlo cuando un pueblo rebelde lo sacudió del letargo menemista, en el que dormía hacía años, haciendo “lo posible” y adaptándose a los “nuevos tiempos” posmo- neoliberales que corrían.

Finalmente, es necesario destacar que la rebelión del pueblo argentino empalmó con un proceso rebelde que transitaba buena parte de América Latina, donde se produjeron alzamientos similares en Ecuador 1997, 2002 y 2003; Bolivia, guerra del gas y del agua 2003 y 2005; Venezuela, la rebelión contra el golpe a Chávez, 2002. También es fundamental recordar que las políticas de los denominados gobiernos progresistas no pudieron/quisieron cambiar radicalmente el modelo neoliberal, mucho menos el sistema capitalista. Hay ciertos hilos de continuidad, que a la postre constituyeron severas limitaciones y que explican también la ofensiva del capital de estos últimos años. Lo cual abre la pregunta en torno a las posibilidades de enfrentar las políticas neoliberales, sin enfrentar el capitalismo. En ese sentido, nosotres entendemos que no hay salida posible para la especie humana y el planeta en los marcos del capitalismo, pero también sabemos que cualquier límite que se pueda poner al saqueo y la explotación tienen carácter progresivo.

No hay tercera posición

Está claro que las rebeliones populares no salen por decreto, ni las decide una organización en un escritorio, lo que queremos plantear son dos cosas: 1) que las “teorías” que sostienen que el neoliberalismo puede derrotarse sólo con votos y gobiernos “bien intencionados”, son falsas; 2) que es necesario ser muy conscientes que sin un cambio en las relaciones de fuerza de la sociedad, como ocurrió efectivamente en 2001, no hay muchas chances que el gobierno entrante incline la balanza hacia el campo del pueblo.

En este punto creemos que es fundamental dar esta batalla en el plano de las ideas, porque el planteo mágico que nos propone “votar y esperar”, nos desarma política e ideológicamente, y por ende, muy probablemente nos termine afectando en la vida terrena y material. Si nos quedamos esperando el milagro, es muy probable que ese tiempo de pasividad y espera lo gane la clase dominante, que lo aprovechará para pasar a la ofensiva en algunos puntos determinados: por ejemplo, la reforma laboral, la convalidación de la deuda y el saqueo, etc.

En definitiva, estamos convencides que no hay posibilidad de derrotar la ofensiva neoliberal sin ser protagonistas, sin organizarnos por abajo, sin ser partícipes de los grandes debates en el seno del pueblo. No habrá posibilidad de reconquistar ningún derecho sin movilizarnos, sin la calle, el conflicto, la confrontación de ideas, el enfrentamiento material contra quienes se apropian de nuestro trabajo, tierra y recursos.

Nuestro pueblo tiene su experiencia, rebelde, insumisa, callejera. Allí hay que poner todas las fichas. Por arriba siempre nos dirán que esperemos, que no es momento, que la derecha puede volver.

Nuestro pueblo necesita respuestas contundentes, en parte votó por ello. Y si de verdad el “Frente de Todos” se propone luchar contra el neoliberalismo, tendrá que probarlo. Lo anunciado hasta ahora no genera muchas expectativas en ese sentido. En particular aparece la cuestión de la deuda externa, cuyo solo reconocimiento parcial nos ata de pies y manos frente al FMI y los organismos multilaterales. O sea, neoliberalismo en su estado más puro.

Se abren tiempos difíciles, y no habrá posibilidad de una tercera posición entre los saqueadores y el pueblo. Alguien deberá perder.

¡Nosotres ya perdimos demasiado!

¡Ya es tiempo del pueblo!

sendaguevarista

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