Chile, proceso revolucionario y contrarrevolución. Lecciones de la historia

Hoy se cumplen 46 años del golpe de estado en Chile. El 11 de septiembre de 1973, es derrocado el gobierno, electo democráticamente, de Salvador Allende, a través de un golpe de estado perpetrado por las fuerzas armadas y las clases dominantes chilenas, con apoyo de la CIA y el gobierno yanqui.

Evocar la historia no es la mera práctica de hacer memoria: Partimos de nuestra convicción de que ante los genocidas y sus cómplices no habrá jamás perdón, ni olvido. Pero también partimos de la necesidad que, en nuestra práctica presente, de esta lucha que continúa, es necesario esbozar algunas conclusiones y reflexiones sobre la batalla de Chile.

Para ello, es importante precisar algunas cosas, más allá de la efeméride, entendiendo que no existe acontecimiento sin proceso.

  • Chile no estaba aislado, ni era una excepción. El contexto latinoamericano estaba plagado de procesos revolucionarios más o menos avanzados, algunos triunfantes como en Cuba. Y la influencia de esos mismos procesos, tanto en términos ideológicos como políticos, fue decisiva.
  • En esos años, no hacía falta hablar con militantes formales, para encontrarte con conceptos como revolución, socialismo, comunismo, clases sociales, burguesía, poder popular. Las prácticas de acción directa que el pueblo llevaba adelante junto a sus organizaciones, como el corrimiento de cercos, la toma de tierras, las recuperaciones de alimentos, las expropiaciones de fábricas con los Cordones Industriales al frente, fueron prolíficas: la clase trabajadora estaba organizada y tenía capacidad de acción. La propia Central Única de Trabajadores, el movimiento de pobladores, de estudiantes, de campesinos, tenían actividad organizada desde hacía varios años. Es por ello, que previo al golpe de estado, las clases dominantes se ocuparon de socavar las condiciones materiales del pueblo, con una política de desabastecimiento y bloqueo, con la propia financiación del imperialismo. Acompañando estas medidas, se funda el grupo fascista paramilitar Patria y Libertad, en el año 71, con acciones de sabotaje y atentados contra el gobierno.
  • El triunfo de Allende en el ‘70, estuvo acompañado del crecimiento en el seno del pueblo, desde varios años antes, de organizaciones revolucionarias, incluso armadas, con niveles no despreciables de inserción y desarrollo.  Estas mismas organizaciones, durante los tres años que duró el gobierno de la Unidad Popular, profundizaron aún más su construcción, y tuvieron en general una política de apoyo al gobierno, aunque con críticas, y garantizando su independencia política. Casos representativos fueron los de Vanguardia Organizada del Pueblo, VOP (fundada en 1968) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR (fundado en 1965). Por tanto, cuando hablamos del golpe de estado y la instauración de una dictadura que duraría 17 años, sabemos que no sólo tuvo que ver con el derrocamiento formal del gobierno de Allende, si no con la necesidad de las clases poseedoras y explotadoras, de frenar un proceso profundo de transformación social, política y cultural, en el pueblo chileno, de frenar el proceso revolucionario en marcha. De hecho, más allá de La Moneda bombardeada, se atacó a cordones industriales y tomas de terrenos. La dictadura atacó tanto al gobierno central, como a las expresiones del poder popular organizado, desde el mismo golpe de estado.
  • Una de la discusiones que parte importante del pueblo organizado tenía con el gobierno de la Unidad Popular, era la necesidad de prepararse para  una posible embestida violenta contra sus conquistas, había necesidad de defenderse y una lectura correcta sobre qué se podía esperar de las clases explotadoras. Luego del Tanquetazo, en junio del 72 – simulacro de golpe que practicaron la FFAA- se hizo aún más clara esta lectura. Pero la propia fe del gobierno en el cauce pacífico de reformas, y en su política de concesiones con la burguesía chilena, dejaron desarmado al pueblo, podríamos decir que literalmente. Diremos que del Tanquetazo, las clases dominantes también hicieron su lectura, y si bien el pueblo respondió, fue claro que no tenía con qué hacer frente. 

Entonces, la historia confirmó una vez más:

  1. Que las clases dominantes que tanto dicen defender la democracia, son quienes primero la rompen cuando sus intereses se ven realmente en juego.
  2. Nos confirmó también que, con o sin concesiones a ella,  la burguesía combatirá con las armas, con guerra económica y/o mediática, cualquier intento de transformación social, aunque éste enarbole una vía pacífica. En este sentido, quienes ponen las condiciones de violencia sobre la mesa son, como siempre, los “dueños” de todo, y no el pueblo. Y esas condiciones de violencia comienzan, no con un golpe de estado, sino con la desigualdad, la pobreza, el saqueo, con que una partecita de la sociedad se enriquece a costa de la clase trabajadora.

Teniendo  todo esto en cuenta, cuando aparece como realmente posible un proyecto transformador, cuando ese proyecto es apropiado y construido por el pueblo trabajador, éste está dispuesto a defenderlo. Las condiciones subjetivas deben acompañarse de condiciones materiales, y de una lectura correcta de la situación política. 

  • Frente a la dictadura, hubo también una resistencia organizada. No sólo las organizaciones que ya venían construyendo, sino que incluso avanzada la dictadura, ya en los ‘80 aparecieron nuevas organizaciones como el Frente patriótico Manuel Rodríguez o el Movimiento Juvenil Lautaro. Lo que da señales de la profundidad que el proceso revolucionario había adquirido en el pueblo chileno, y su voluntad de lucha.
  • La dictadura logró instaurar el neoliberalismo en Chile, y más allá de lo que se sabe: que fue el laboratorio de las potencias para probarlo como sistema económico, la victoria sobre las conciencias de chilenas y chilenos, fue uno de los logros más duraderos de la dictadura, aunque nunca una victoria definitiva. Que hasta hace tan poco, la educación como negocio fuera aceptada casi sin cuestionamiento, por la mayor parte de la sociedad, es un ejemplo elocuente tanto de la primer afirmación, como de la segunda. Diremos entones, por un lado que la lucha por las conciencias en cualquier proceso de transformación que pretendamos quienes luchamos por una sociedad sin clases, es una disputa fundamental, impostergable y permanente, y por otro lado, que si bien las clases dominantes pueden lograr que las explotadas defiendan los intereses de las primeras, en contra de los propios, las condiciones materiales de desigualdad, son una base firme para disputar esas consciencias. 

Cabe que nos preguntemos algunas cuestiones. ¿Cuáles son los límites de una vía pacífica? ¿Podemos garantizarla si no construimos una férrea defensa desde el pueblo que desanime a las clases dominantes a confrontar? ¿Se puede concretar si persiste un monopolio de la fuerza? ¿Son las concesiones a las clases dominantes lo que puede garantizar la vía pacífica? ¿Se puede llevar adelante un proceso revolucionario sin tocar profundamente los intereses de las clases dominantes? ¿Es posible garantizar los derechos y condiciones de vida digna que defendemos para el conjunto de las clases explotadas sin trastocar dichos intereses? ¿Es posible una vía totalmente pacífica? ¿Qué papel deben desempeñar las organizaciones revolucionarias frente a posibles gobiernos reformistas en procesos de transformación más profundos?

sendaguevarista

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