América Latina frente a la ofensiva derechista

Sin lugar a dudas el mapa económico, político y social de América Latina ha cambiado rotundamente desde que, a partir de 2008, los procesos “progresistas” fueron siendo derrotados por las derechas que, con mínimos matices, gobiernan hoy buena parte del continente. En ese sentido, es evidente que la crisis abierta por el capitalismo ha generado procesos que exigen y garantizan mayores niveles de explotación de la fuerza de trabajo y la naturaleza, avances sobre conquistas populares y mayores niveles de represión. Un elemento a considerar y que forma parte de la estrategia utilizada por la derecha continental (encabezada por los halcones norteamericanos), es la articulación entre la corporación mediática y la corporación judicial en pos de asociar a los gobiernos “progresistas” y/o reformistas (un amplio abanico que va desde el kirchnerismo al chavismo) con niveles de corrupción y anti-republicanismo sin precedentes en la historia latinoamericana. Aquí se abren algunas líneas de debate relacionadas con el sentido común que la derecha ha logrado imponer por sobre sectores que fueron en mayor o menor medida beneficiados durante estos gobiernos y que terminan apoyando los procesos restauradores del neoliberalismo. ¿Cómo combatir a las corporaciones mediáticas? ¿Cuáles son los límites de la libertad de expresión? ¿Con qué discursos debemos enfrentar temáticas como corrupción, delincuencia, narcotráfico para no terminar deambulando con una retórica aparentemente lejana a las necesidades coyunturales de los mismos sectores populares?

El más reciente es el caso de Brasil con el ascenso al poder de un gobierno, cuya retórica lo acerca al fascismo pero que en su política económica es absolutamente neoliberal. En una línea similar, aunque con un discurso más moderado en algunos aspectos, se encuentran Argentina, Chile, Perú, Colombia y Ecuador. Si bien existen particularidades en la historia y procesos que pusieron a la derecha en el gobierno, pueden identificarse ciertos elementos comunes tanto en la política internacional como económica de todos estos países.

Como se expresaba anteriormente, la crisis económico financiera del 2008 aparece como un punto de inflexión, que tuvo sus efectos en el reordenamiento de la geopolítica latinoamericana. Ese año coincide con el momento más álgido de los gobiernos reformistas[2], “progresistas”[3] y no alineados con la política de EE.UU, situación que comienza a modificarse sustancialmente a partir del 2015. Desde ese momento en adelante se han dado varios movimientos en el tablero, absolutamente atravesados por la situación en Venezuela y las posiciones que los demás países han adoptado frente a ella. Esto es importante tenerlo presente, ya que en la actual coyuntura política las variables de mayor importancia a tener en cuenta al momento de caracterizar a los distintos gobiernos latinoamericanos, tienen que ver directamente con el reconocimiento o no de la legitimidad del mandato de Nicolás Maduro y con las políticas socio económicas que se estén proyectando (por lo menos desde lo retórico) o aplicando directamente.

En este sentido es que se puede pensar el mapa fraccionado en dos grandes grupos. Por un lado nos encontramos con la reforzada y recalcitrante derecha, que de una u otra forma se hizo con el gobierno (elecciones o golpes institucionales) en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú, Ecuador -país que merece una mención aparte dada la particularidad del giro político dado por Lenin Moreno-, Honduras, Costa Rica, Guatemala y Panamá. El eje opositor podemos reconocerlo más claramente en Cuba, Venezuela y Bolivia, estos dos últimos casos con procesos sociales distintos a los que pudieron darse en Argentina o Brasil durante los gobiernos kirchneristas o del PT. A este ordenamiento se le suma un elemento clave: la asunción en México de Obrador, quien marcó un alejamiento de los mandatos políticos de EE.UU en relación a Venezuela al no reconocer a Guaidó como “presidente encargado”.

En cuanto a la política internacional, hay que mencionar la creación del Grupo de Lima en 2017, organismo cuyo objetivo es encontrarle “salidas” a la crisis en Venezuela y que está integrado por Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Paraguay, Panamá y Perú. Su rol es muy claro en tanto funciona como operador político absolutamente funcional a los intereses estadounidenses. Si bien hace un tiempo se dieron algunas divergencias internas respecto de Venezuela, hoy la posición pareciera vuelve a ser monolítica y en completa alineación con los intereses norteamericanos. Tras la reunión del organismo en Buenos Aires el 23 de julio, se declaró nuevamente el respaldo a Guaidó, dejando abierta la posibilidad de una intervención militar para apartar a Maduro del poder. Tampoco es un dato menor, que el parlamento venezolano (hegemonizado por Guaidó) haya reincorporado al país al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, el cual habilita la intervención militar de los países de la región.

Mención aparte merece la situación en Colombia. Los resultados de las elecciones de 2018 dejaron como dato interesante, un histórico 41,8% de los votos para la centro izquierda encabezada por Gustavo Petro (Movimiento Colombia Humana) en la segunda vuelta frente al derechista Iván Duque (54%). Para algunos analistas esto significa una ruptura del bipartidismo de derecha que ha hegemonizado la política colombiana de las últimas décadas. Sin embargo la escena política continúa marcada por el acuerdo firmado entre el gobierno y las FARC-EP en el año 2016. Al parecer lo que se viene dando en Colombia luego del desarme de la organización guerrillera antes mencionada, es una re configuración de los grupos y organizaciones armadas que continuaron operando o comenzaron a hacerlo.

Lo cierto es que el proceso de paz no ha logrado ser puesto en marcha, ya que son más de 140 las/os ex combatientes (que depusieron sus armas) y 700 as/os referentes sociales que fueran asesinadas/os por grupos paramilitares. Desde el partido FARC se ha denunciado la puesta en marcha de un plan sistemático para eliminar ex guerrilleras/os y la absoluta responsabilidad del estado y gobierno colombiano al no garantizar la vida de la ciudadanía ni el cumplimiento de los Acuerdos de Paz firmados en 2016.

Parte de la táctica que se ha dado el imperialismo en nuestra región ha sido la de agudizar las crisis y conflictos políticos, en tanto instrumento que permite acrecentar los negocios de los grandes poderes transnacionales, garantizándoles el acceso a recursos estratégicos y sectores clave de las economías nacionales. Puede pensarse que este proceso de búsqueda de recomposición de la hegemonía imperialista se abre en 2009 a partir del golpe a Zelaya en Honduras, pasando por la remoción de Lugo en Paraguay durante el 2010, para así continuar avanzando sobre el núcleo de lo que en algún momento fue el bloque progresista y no alineado automáticamente con la política internacional yanqui. Así parece demostrarlo la destitución de Dilma Roussef en 2016 y los reiterados intentos de desestabilización y golpes de estado a Maduro.

Esto tiene que ver directamente con la posibilidad de ampliar el margen de negocios de los intereses transnacionales y resulta más que claro en el caso de Venezuela que lidera el ranking mundial de reservas de petróleo[4], pero no deja de ser crucial también para el resto de las economías latinoamericanas como por ejemplo Brasil donde luego de la asunción de Temer se dio vía libre a la privatización y liberalización de empresas públicas y áreas de recursos naturales. Por el mismo camino va Ecuador con la concesión a empresas privadas de la “administración” de la principal empresa estatal de telecomunicaciones y varias hidroeléctricas

La política intervencionista se explica en buena parte a partir de la disputa desatada por el control de la profundización en la explotación capitalista de la naturaleza. América Latina y el Caribe poseen la mayor diversidad biológica del mundo y es uno de los mayores reservorios de agua dulce del planeta. A esto se debe sumar que es la región de mayor concentración de explotación minera a nivel global y que ocupa el primer lugar en el ranking de inversiones futuras de las transnacionales dedicadas a tanto a la minería convencional como a cielo abierto[5].

Es en este marco en el que se da la pretendida restauración de la hegemonía yanqui, buscando limitar el creciente multilateralismo generado a partir de la intervención comercial de China y Rusia en la región. Lógicamente Venezuela se convirtió en uno de los socios más significativos de estas potencias, fundamentalmente a partir del incremento del bloqueo económico promovido por EE.UU. Así es que Washington busca sostener su hegemonía en lo que considera su “patio trasero”, frente una Beijín que según dicen varias/os analistas, despliega sus vínculos comerciales y de cooperación sin imponer o exigir sometimiento económico financiero o sistemas políticos determinados.

Aunque por momentos la tensión en Venezuela pareciera desaparecer, sabemos que desde la Casa Blanca no descansarán hasta derrocar a Nicolás Maduro, al cual en los últimos días le advirtieron que se le están acortando los plazos. Aún con miles de críticas y sabiendo que el proceso venezolano se aleja cada vez más de una intentona socialista, de la resistencia de su pueblo a una intervención norteamericana depende buena parte del futuro inmediato de una América Latina que deberá defenderse con las herramientas que tenga, si no quiere ser definitivamente el patio trasero de las aventuras de Trump y compañía.

notas

[1] Este documento fue elevado al II Congreso de la O.R.G. para sumar elementos para el análisis de la situación latinoamericana.

[2] Entendiendo el reformismo como aquellas posiciones políticas que buscan avanzar en mejoras sociales por vía pacífica y asegurando que determinado sector burgués otorgue concesiones a las masas garantizando la no modificación del status quo. Se opone y reniega de la vía revolucionaria y socialista. (Santucho Mario, Poder burgués y Poder revolucionario)

[3]  Claro está que Cuba escapa a estas conceptualizaciones, dadas las ya conocidas particularidades de su proceso revolucionario.

[4] Según la Administración de Información Energética de EE.UU., posee 300.000 millones de barriles.

[5] Solo en la cuenca caribeña venezolana se encuentra la segunda reserva de gas, la tercera de oro y la hipótesis de contar con los yacimientos de coltán más importantes a nivel global. Se trata de un mineral indispensable para la elaboración baterías para automóviles eléctricos, celulares y diversos dispositivos electrónicos.

sendaguevarista

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