por Antonio Massetti

Hoy se cumplen de 17 años del fatídico día que, en medio de una salvaje represión, mueren asesinados por la policía Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Los medios de comunicación hegemónicos y los funcionarios de aquella época sentenciaron que se había tratado de un enfrentamiento interno entre los piqueteros. Algunos de ellos han vuelto hoy con nuevos ropajes “populares” a usufructuar de la impunidad y la amnesia planificada. Entre ellos dos de los responsables políticos de la masacre de Avellaneda: Felipe Solá y Aníbal Fernández.

A pesar de ellos, la verdad se impuso gracias al laburo valiente de los fotógrafos Sergio Kowalewski y Pepe Mateos. Luego también aparecieron videos que terminaron de sacar  los hechos a la luz: allí quedó claro que que no sólo no había ningún  “enfrentamiento”, sino que Darío, ante la caída de Maxi, retrocedió para rescatarlo y es ahí donde fue asesinado brutalmente. Demostrando que la solidaridad es un valor que enaltece a los/as que luchan.

Hace 17 años yo rondaba los 12 años, es decir, pertenezco a una generación que por aquellos años éramos niños como para ser militantes activos en los piquetes, pero ya éramos demasiado grandes como para recordar lo que el relato Kirchnerista quiso ocultar. Porque es verdad que la miseria planificada trajo consigo el genocidio de nuestro pueblo, pero también es verdad que ante aquel genocidio silencioso hubo quienes se levantaron, lucharon, soñaron y que aún hoy, como tantas otras generaciones de combatientes por la libertad, nos siguen guiando en este sueño eterno que es LA REVOLUCIÓN.

Porque además del hambre y la miseria de aquellos años, lo primero que se nos viene a la cabeza son los cortes de rutas, los palos, las ollas populares, los pañuelos palestinos, las gomas encendidas, la rebelión y el grito de ¡PIQUETEROS CARAJO!  Luego, como militantes, aprendimos que detrás de todo eso había construcción, debate, organización. Un pueblo que se organizó y pudo echar a un presidente, que se organizó y tal vez no pudo vencer, pero si les puso un límite a los poderosos.

A Darío y a Maxi y a través de ellos a las y los luchadores de aquellos años les digo – parafraseando aquel poema que Cortázar le dedicó al Che- yo tuve un hermano, dos hermanos, miles de hermanos y hermanas que no conocí y que hacían piquetes mientras yo dormía. Pero ahora, a 17 años de aquel día les digo a esas hermanas y hermanos que, no sé cuáles serán los métodos de lucha que vendrán, lo que sí sé es que no voy a estar durmiendo, estaré allí con ustedes.