La arremetida capitalista y patriarcal del poder político y las iglesias

 

Una alianza para golpear al pueblo trabajador y deponer sus conquistas.

“En vez de reconfortar al pueblo, lleno de problemas y cansado de su vida tan dura, que va a la iglesia con su fe en el cristianismo, los sacerdotes echan denuestos contra los obreros que están en huelga y se oponen al gobierno; además, los exhortan a soportar su pobreza y opresión con humildad y paciencia. Convierten a la iglesia y al pulpito en una tribuna de propaganda política.”
Rosa Luxemburgo, El socialismo y las iglesias, 1905

El avance en la arena pública y masiva de las iglesias evangélicas, no sólo en Argentina, sino, y de forma aún más abierta y burda, en el resto de América Latina y el mundo, tiene profundas implicancias con el avance, no sólo de gobiernos conservadores, si no con el reflote de  organizaciones nacionalistas, fascistas y neonazis.

Estas implicancias merecen ser vistas, más que como producto de un “giro a la derecha” de la sociedad, como una red de alianzas concretas y deliberadas. Basta recordar algunos ejemplos: el papel que jugó la iglesia evangélica en la votación del referéndum por la paz en Colombia, con su campaña contra lo que llaman “ideología de género”, discurso que repiten en todo el mundo; la alianza con Bolsonaro en Brasil; el apoyo declarado a sectores fujimoristas en Perú y la campaña anti derechos de las mujeres que hoy en EEUU tiene gravísimas implicancias prácticas en la legislación de varios estados, como Georgia, Misisipi, Kentucky y Alabama. En éste último no sólo se restringió el tiempo posible para realizar un aborto no punible, si no que se limitó sólo a casos de correr riesgo la vida de la persona gestante (ni siquiera la violación es contemplada) y las penas por realizar un aborto para las y los médicos haciende hasta a 100 años de cárcel. El caso de EEUU sienta precedente del posible retroceso en materia de derechos en países que tienen, por ejemplo, legalizado el aborto desde 1973. Estos retrocesos dan aire y victorias parciales a los sectores más recalcitrantes de las iglesias, pero además nos alumbran sobre las futuras luchas que deberemos librar y son una demostración de las inconsistencias que los sistemas “democráticos” representativos implican para el pueblo, ¿basta con una votación de 25 hombres blancos para dar por tierra con derechos que creímos conquistados y asegurados? Retomaremos esta pregunta más adelante.

Podemos ver ejemplos externos, pero también en Argentina este año ha sido claro el papel que han jugado, evitando o demorando abortos no punibles, y las consecuencias, en muchos casos mortales, por ejemplo en Tucumán y el Chaco para niñas y adolescentes. La designación en La Pampa, de Silvana Vidal, referente de la iglesia evangélica como directora de Niñez, Adolescencia y Familia y la presentación de un proyecto de ordenanza para difundir los Derechos de Niños por Nacer en el Concejo Deliberante de Santa Rosa, por Roberto Torres, pastor evangélico y concejal de Pueblo Nuevo, son ejemplos también claros de la vinculación entre iglesias y poder político.

No podemos dejar de mencionar los dichos del propio papa Bergoglio en torno a la legalización del aborto, comparando los movimientos de mujeres y de disidentes con los nazis, y de paso recordar una vez más que no sólo la iglesia evangélica lleva esta política, la católica tampoco se queda atrás, y de hecho actúan como aliadas.

Los propios intereses económicos de las iglesias, las ponen de la vereda del frente, y en momentos de crisis, con mayor razón defienden su lugar de poder. Pero además son una maquinaria clave para el control y el disciplinamiento social. En este sentido, la iglesia evangélica tiene hoy algunas características particulares: su nivel de inserción en el pueblo es muy fuerte, fruto de años de “trabajo de base”, puerta a puerta y el papel que juega incluso como reemplazo del estado, haciendo tareas asistenciales y dando contención espiritual en contextos de crisis, conteniendo el descontento social.

Todas estas cuestiones nos plantean la necesidad de resolver nuestra militancia práctica en función de combatir contra una institución, que además de su poder político y económico, tiene una desarrollada retaguardia en el pueblo. Las organizaciones y el movimiento de mujeres y de disidentes, en particular, tenemos claras antagonistas en las iglesias.

Entre otras cuestiones, una discusión importante que podemos profundizar en el pueblo en general, es alrededor de la “democracia representativa burguesa”. Los derechos se ganan luchando, y para mantenerlos no podemos confiar en este sistema que permite que un puñado de personas, guiadas por intereses mezquinos, apruebe, vete y decrete leyes, a veces velada y otras descaradamente, a su antojo, desconociendo sus propias constituciones y acuerdos internacionales, es decir, violando el propio sistema que pregonan como “democrático”. Por eso, los discursos de pacto social, los discursos desmovilizadores que proponen resolver todo en las urnas, sólo abonan el terreno para actuales y futuros golpes del capitalismo y el patriarcado.

En el momento presente, en medio de una crisis económica, como en cada crisis anterior, la burguesía busca acumular capital y garantizarse mejores condiciones de explotación de la fuerza de trabajo, es decir, bajar salarios, recortar presupuesto de políticas sociales, precarizar las condiciones de contratación, entre tantas consecuencias que vivimos día a día quienes vivimos de nuestro trabajo. Entre ellas en nuestro país en particular, el recorte a los programas de salud reproductiva y a aquellos que se ocupan de casos de violencia hacia mujeres y disidencias, son ejemplos bien necesarios de mencionar, así  como llamar la atención sobre la profundización de la doble explotación de la mujer, que en tiempos de crisis, todo el trabajo reproductivo (tareas domésticas y de cuidados, así como también procrear y parir), se vuelve mucho mayor y desgastante, especialmente en las capas más pobres, donde garantizar nada más que el alimento ya es una odisea diaria.

En ese contexto, contener el descontento social y disciplinar, fortalecer el aparato represivo y justificar su accionar con discursos retrógrados, es una función clave. Es posible reconocer su matriz fascista en muchas prácticas violentas contra los cuerpos y subjetividades de las mujeres y disidencias, en las violaciones, torturas, negación del derecho al aborto seguro, en los femicidios y en los crímenes de odio contra personas trans, gays y lesbianas, además de las estrategias discursivas antes mencionadas respecto a la “ideología de género”. Este afán por imponer la heterosexualidad obligatoria, la monogamia y la normativización de los cuerpos tiene raíces históricas profundas en estas instituciones, desde la Inquisición hasta los regímenes totalitarios y las dictaduras contrarrevolucionarias que años atrás se instalaron en nuestro continente, y que aún hoy siguen mostrando en estas prácticas sus más crueles resquicios.

Tal como en esos otros momentos históricos y en diferentes latitudes, continúa siendo necesaria la organización de las fuerzas revolucionarias para vencer a este sistema y sus principales representantes. Hoy en día, las mujeres y disidencias crecemos y nos organizamos a diario para enfrentar a este enemigo, no menos antiguo que nuestras resistencias, que son las de todo el pueblo oprimido. Seguiremos en esta senda, convencides de que luchar contra toda forma de explotación y opresión es el camino, hasta la conquista de la libertad plena. 

sendaguevarista

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