Recuperar las enseñanzas de Diciembre de 2001 para seguir construyendo Revolución

Senda Guevarista #5, nov-dic 2018- Contratapa

Siempre dijimos que el hito para pensar el cambio en nuestra historia reciente es la insurrección popular de diciembre de 2001; esa es la bisagra histórica que expresó, en un hecho de masas, el proceso de lucha que venía desarrollando nuestro pueblo, en el marco de la derrota que nos había impuesto el terrorismo de estado y la hegemonía neoliberal.
El conjunto del pueblo explotado había sufrido una profunda derrota durante la última dictadura. Esto se reflejaba tanto en su subjetividad y sus niveles de conciencia, como en la debilidad de sus organizaciones políticas. El alfonsinismo buscó perpetuar esa derrota, garantizando la impunidad a los genocidas y atacando las organizaciones de los trabajadores. Pero fue el peronismo (a través del gobierno de Menem) el partido de la burguesía que logró consolidar el consenso social alrededor del proyecto neoliberal durante los primeros años de la década del ’90.
Como siempre ha sucedido en Argentina, esa hegemonía no logró afianzarse como una dominación estable y duradera. En paralelo a lo que comenzaba a suceder en toda América Latina, también aquí se inició un reguero de luchas. En ese camino fue clave el surgimiento de una nueva camada de activistas, quienes fueron constructores del movimiento piquetero, y jugarían un papel central para llevar adelante las jornadas de fines de 2001 y principios del 2002.71717_subitem_full
La fuerza social obrera y popular que desbordó el sistema institucional durante 2001 y parte del 2002 concentraba la acumulación de fuerzas realizada a lo largo de todas las luchas desarrolladas. Pero también arrastraba la derrota sufrida por la clase obrera en los ’70 y los ’90: esa fuerza social podía poner en riesgo la dominación de la institucionalidad burguesa (al menos durante breves momentos), pero no tenía las herramientas para construir un proyecto social alternativo a los que levantaba la burguesía.
En ese marco se sustentó el proyecto de los K, completando la tarea que había comenzado Duhalde para conseguir cerrar la crisis de dominación más aguda. El kirchnerismo supo recrear el consenso social de la dominación capitalista y de la institucionalidad burguesa, buscando recuperar la hegemonía del sistema institucional burgués: como parte clave de ese proceso era necesario reconstruir la confianza social en que era posible cierta mejoría en los niveles de vida de las masas populares dentro de los límites del capitalismo. La gran burguesía estuvo dispuesta a acompañar este proyecto mientras le duró el temor a un renacimiento de la insurrección, y fue gracias a ese temor que los sectores populares consiguieron mejorar su nivel de vida: no fue un regalo desde arriba, fue una victoria de la lucha desde abajo.
Los k perdieron las elecciones de 2015 como expresión de su máximo éxito burgués: la estabilización del régimen. Lograron una victoria en su intención de volver a imponer el ideario de que en el capitalismo se podía vivir mejor, e impusieron, incluso entre amplios sectores del activismo, que la revolución era un sueño imposible. Y, cuando no se lucha, cuando no se confronta, siempre crece la derecha: la oposición que logró presentarse como opción fue la que postulaba otro proyecto capitalista; un capitalismo “liberado” de las regulaciones que había impuesto la lucha popular, y que ahora sólo estaría definido en función de los condicionamientos del mercado.

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El macrismo expresa claramente el proyecto de una gran burguesía dispuesta a “ir por todo”. Se terminaron las concesiones parciales en aras de construir consenso, y la coerción volvió a jugar un rol central en las políticas de control social. El telón de fondo de esta política es el sometimiento total de la burguesía argentina al imperialismo, expresado en la subordinación total al FMI.
Diciembre, y el fantasma de la insurrección que siempre lo atraviesa desde el 2001, vuelve a reavivar el debate sobre cómo luchar contra el macrismo. Las direcciones kirchneristas sostienen que la única tarea que tenemos es asegurar que “haya 2019”: o sea, garantizar que se llegue a las próximas elecciones, que nada rompa el orden burgués.
Los revolucionarios debemos retomar las lecciones de diciembre de 2001 para consolidar otra línea de construcción, desde la Unidad de Acción en la calle, sin disimular unidad donde hay diferencias irreconciliables, pero sí golpeando juntos en los reclamos en los que haya coincidencias. Y, desde allí, tenemos que calentar la lucha en las calles, alimentando la rebelión en cada momento para construir fuerza propia y acumular poder revolucionario.

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El próximo diciembre insurreccional, que esperamos llegue más temprano que tarde, nos tiene que encontrar mejor preparados, con más fuerza en las barriadas y habiendo consolidado la unidad de nuestra clase, dando la lucha ideológica contra los que quieren llevar al pueblo al camino muerto de la confianza en el sistema que los mata y oprime. En ese camino de construir poder obrero y popular, iremos consolidando nuestra construcción, sabiendo que solamente la lucha sin concesiones contra el dominio burgués es lo que mejora la vida de nuestro pueblo.

sendaguevarista

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