EDITORIAL

Sin revolucionarios no hay Revolución

La Revolución ocultada en la “Revolución de Mayo”

La burguesía ha traicionado ignominiosamente todas las tradiciones de su juventud histórica, sus mercenarios actuales profanan las tumbas de sus antepasados y calumnian los vestigios de sus ideales. El proletariado defiende el honor del pasado revolucionario de la burguesía.

León Trotsky, Resultados y Perspectivas

 

Se nos ha vendido una revolución de lluvia, paraguas, y “gente queriendo saber de que se trata”. Se nos ha vendido una revolución que era un camino sin roces, un triunfal paseo pacífico.

La burguesía construyó una imagen de la revolución de mayo que responde a sus intereses actuales: demostrar que el mundo no puede ser transformado. Y para eso es fundamental ocultar cómo fue posible que en otros momentos históricos otras fuerzas sociales lograron transformar su mundo.

La burguesía actual necesita ocultar la historia. Para poder sostener su lugar de clase dominante, no puede mostrar cómo es que lo hoy existente ha llegado a ser posible. No puede reconocer la verdad de que ella llegó al poder transformando el mundo y utilizando los medios que cualquier clase social usa para transformar la sociedad. No puede hacerlo porque eso implicaría darle armas a la clase obrera, la clase que hoy debe tomar ese legado histórico.

 

¿Una revolución sin querer?

La historia burguesa ha ido construyendo una revolución de mayo cada vez más vaciada de contenido. La primera acción fue el intento mitrista de descartar todo elemento popular y plebeyo y transformarla en un movimiento que se exportaba desde Buenos Aires al resto de la América “bárbara”. Pero allí al menos estaba presente la lucha, el conflicto y las armas.

Luego se fue intentando licuar aún más la historia. Debía desaparecer la violencia. Porque: ¿cómo los próceres de nuestra patria podrían haber hecho algo tan terrible como una revolución?; ¿cómo podrían haber subvertido el orden?

Y si así era (ya que así fue) ¿cómo impugnar entonces a los que hoy o en los 70’ lucharon por destruir esta retrógrada forma de organización social y construir una justa y humana? Así los representantes de la historia burguesa del presente plantean que no se ha producido ninguna revolución o que la revolución fue hecha “sin querer”, como una reacción espontánea ante el vacío de poder generado por la invasión francesa a España.

Esas miradas no tienen asidero científico. La revolución existió, hubo una importante transformación en la sociedad, se aceleró el desarrollo capitalista y se derrotó al sector hasta entonces dominante (los comerciantes monopolistas). Y sobre todo existieron los revolucionarios. La idea de una revolución “sin querer” deja en el olvido a los sujetos que hicieron la revolución, oculta el papel conciente y la acción planificada de organizaciones políticas que actuaron en la revolución de mayo y siguieron militando para garantizar la victoria contra el poder realista.

 

Los proyectos en disputa

Esa operación ideológica no es menor. Abona una idea fuerte en la sociedad actual: que todo lo político es malo y sospechoso. Ni hablar si hay allí elementos de clandestinidad o de otros medios para garantizar la seguridad ante el enemigo de clase contra el que luchamos. Debemos saber que nuestros próceres utilizaron esos y muchos otros métodos para llevar adelante su revolución.

La dirigencia de mayo se formó en los años anteriores a 1810.  Tuvo una gran enseñanza en la experiencia de Tupac Amaru y luego hizo su propia historia en la resistencia a las invasiones inglesas. Desarrolló formas de lucha y organización de todo tipo: legales, semilegales y clandestinas, librando combates militares, políticos, ideológicos y culturales. Ninguna forma de combate les fue ajena.

Y tenían fuertes divisiones: la revolución partía de una lucha interna entre el partido de Moreno y el de Saavedra. Ambos pretendían hacer la revolución. Ambos atacaban el dominio de los comerciantes monopolistas, buscaban refundar la sociedad en nuevas bases y sabían que en un proceso revolucionario hacía falta la organización política.

La diferencia era la profundidad de la transformación que buscaban. Y esa no era (ni es) una diferencia menor. Moreno pretendía una transformación radical y sabía que para hacerlo se debían tomar las medidas necesarias. Saavedra buscaba un cambio moderado, construir una economía exportadora y evitar el “desborde popular”. Temía enfrentarse a toda la antigua sociedad y por eso atacó a Moreno y su partido para evitar que la revolución profundizase la lucha por la igualdad.

 

Los revolucionarios de la revolución

El partido de Moreno era el que estaba dispuesto a llevar la revolución a sus últimas consecuencias. Retomaban la experiencia de los jacobinos (el ala más extrema de la revolución francesa), reivindicado la necesidad de la fuerza y la disciplina al servicio de su proyecto de transformación revolucionaria. Su documento maestro fue el Plan de Operaciones, redactado por Moreno, verdadero programa de 1810. Fue un documento secreto, sólo para los cuadros revolucionarios y tenía como objetivo derrotar la contrarrevolución y comenzar la implantación de la nueva sociedad.

En él estaban presentes medidas que subvertían el orden social, como las adoptadas por Castelli en el Alto Perú: la igualdad de los indios, la supresión de sus servicios personales y del tributo, la elección de caciques y la eliminación de los impuestos que percibía el clero. El Plan proponía la igualdad para todos, marcando así un avance con respecto a la revolución de EEUU y la francesa, donde los derechos eran sólo para los “ciudadanos”. En este aspecto, para nada menor, nuestros revolucionarios iban mucho más lejos en su lucha por la igualdad que los mismos jacobinos.

 

La violencia revolucionaria

El rasgo central de toda revolución es la violencia. Ella es la partera de la historia. Lamentablemente no hay privilegiado que a lo largo de la historia de la humanidad haya aceptado de buen grado dejar sus privilegios y por eso se apertrecha de armas y hombres que están dispuestos a matar y morir. Por eso la lucha por una sociedad liberada de la explotación conlleva la necesidad de matar y morir por nuestros ideales. No porque lo queramos sino porque así están planteadas las reglas por aquellos que tienen el poder.

Lo mismo pasaba en Mayo de 1810. La revolución fue un proceso de sangrientas resoluciones. Nada ha sido más ocultado por la historia burguesa. Y nada más claro que citar a Moreno: “Los cimientos de una nueva república nunca se han cimentado sino con el rigor y el castigo, mezclado con la sangre derramada de aquellos miembros que pudieran impedir sus progresos”.

No hubiera existido revolución si sus dirigentes no hubieran ejercido los medios para sostenerla. Y ellos superaban los supuestamente “pacíficos”. Desde la asunción del gobierno revolucionario se profundizaron las medidas contra los opositores: expropiaciones de sus fortunas, detenciones, confiscación de armas y el fusilamiento de varios de los dirigentes contrarrevolucionarios. Estos fueron los mecanismos necesarios para desarmar material y moralmente a la clase enemiga de la revolución.

 

Nuestra Revolución

La burguesía hoy pretende tapar toda revolución y decir que la violencia y la lucha no existieron. Por eso los que hoy nos gobiernan reivindican un bicentenario vaciado de contenido. Desde arriba festejan la revolución derrotada, la América Latina de la nueva dependencia. La supuesta demostración de que la lucha no soluciona nada.

Contra eso escribió un hermoso libro Andrés Rivera, llamado La revolución es un sueño eterno. La revolución que Castelli y tantos otros soñaban no llegó a ser lo que ellos quisieron. Pero si la revolución es un sueño eterno es que no tiene ni pasado ni futuro. Es un continuo presente, un estar siendo. Un acto, una praxis: un sueño que se hace realidad cada vez que alguien se decide a luchar. Y por ello la revolución es como esas perseverantes flores silvestres que vuelven a nacer una y otra vez, por más herbicidas que tiren para que sólo crezca la rentable soja transgénica.

Cuenta Galeano que los originarios de Bogotá llamaban quihica a las víctimas de las ceremonias rituales. Quihica significa puerta: la muerte de cada elegido abría un nuevo ciclo. La caída de cada hombre que pelea por su libertad, la derrota de cada lucha, abre los caminos que llevarán a la victoria de nuestro pueblo. Moreno, Castelli, Artigas y San Martín todavía aguantan la puerta para que no se termine de cerrar. A nosotros nos queda la responsabilidad de seguir el camino, porque puede haber revolucionarios sin revolución, pero no existe revolución sin revolucionarios.

 

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